El silencio tras el clamor
Un sismo de 7.4 sacudió el occidente de Colombia, dejando graves daños, muertos y miles de afectados tras el colapso de viviendas y edificaciones.
Un sismo de 7.4 sacudió el occidente de Colombia, dejando graves daños, muertos y miles de afectados tras el colapso de viviendas y edificaciones.
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El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
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Toda una nación y un planeta despertaron arrullados por el vaivén y balanceo que produjo un encuentro entre las placas tectónicas Nazca Suramericana y del Caribe que manejan las profundidades del mar Pacífico y las superficies de países como Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Panamá y otros territorios.
Las dos placas presentan temperaturas diferentes y cuando se deslizan la una sobre la otra generan una energía que según la profundidad aflora, ocasionando brutales destrozos a la estructura terrestre.
Ese fue el fenómeno que se registró la mañana del lunes 10, cuando los habitantes de un amplio territorio del occidente colombiano recibían las primeras luces de un sol radiante.
Como quiera que el epicentro tectónico surgió a 80 kilómetros bajo la superficie de la población chocoana de San José del Palmar, ubicada a pocos, muy pocos kilómetros de Cartago y Pereira, fue el sitio en donde sus habitantes empezaron a sufrir los rigores de semejante fenómeno telúrico.
La onda mortal alcanzó los 7.4 grados mientras se deslizaban y acomodaban las placas sobre un amplio territorio del occidente colombiano, pero que alcanzó a sentirse con menos agresividad en el resto de nuestro país y de las naciones más cercanas.
La radio colombiana anunció la noticia y ante su magnitud, sostuvieron sin tregua y con todo profesionalismo, los hechos que cada segundo se generaban y que alertaban al mundo entero para que propios y extraños se enteraran y procedieran a auxiliar a una población inerme.
Podría decirse que casi con la misma velocidad de los medios de comunicación, surgieron grupos de rescatistas, bomberos, ayudas tecnológicas y canes que aparecieron como por encanto, a ejercer la loable función de salvar vidas.
Estos hombres fueron los primeros en enfrentarse a los muros, murallas, placas y moles que sostenían las ya desmoronadas y derrumbadas viviendas y edificaciones, que caían como cartas de naipe.
Con toda experticia, ímpetu y apasionamiento, de los rescatistas enfrentaron la tragedia que se paseaba por todo el territorio nacional. Fueron los primeros en penetrar en las ruinas de las edificaciones, aún temblorosas, para salvar a los sobrevivientes que no tenían otra manera de acariciar la vida que les proporcionaban sus salvadores.
Eran verdaderas brigadas que penetraban las ruinosas edificaciones y, con la finura de sus oídos, descubrían a quienes permanecían inermes en medio de la oscuridad de las ruinosas edificaciones, buscando las llamadas de auxilio de quienes arañaban pedazos de vida.
Entre tanto, la ayuda de la gente se multiplicaba, venciendo todas las dificultades, porque Petro y Jaramillo habían eliminado los servicios de salud y organismos de protección, ayuda y socorro.
Colombia estrenaba gobierno, tras el desastre de cuatro años. Los salientes ni siquiera permitieron un empalme, para asumir tragedias. Pero el nuevo Jefe de Estado, afrontó con todo ímpetu la situación. Reunió a todos sus ministros y recién designados funcionarios y manos a la obra, con el dinamismo requerido. Ya había 150 fallecidos, miles de heridos y millares de familias sin donde vivir y sin recursos para subsistir.
Hay presidente y gobierno afrontando las cosas con la dinámica y orden necesarios. Están funcionando normas sobre impuestos, subsistencia y todos los apoyos que requieren nuestros compatriotas para salir de la crisis que nos trajeron las inquietas placas tectónicas.