Entre Ormuz y Venezuela
La volatilidad del petróleo expone la fragilidad energética global y la paradoja latinoamericana: más ingresos por exportación, pero también más inflación y vulnerabilidad.
La volatilidad del petróleo expone la fragilidad energética global y la paradoja latinoamericana: más ingresos por exportación, pero también más inflación y vulnerabilidad.
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El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
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La ilusión petrolera de América Latina.
Por: Angie Tatiana Ortega Ramírez, PhD. *

En el mapa energético global, pocas cosas son tan determinantes, y tan frágiles, como el Estrecho de Ormuz. Por allí transita cerca del 20% del petróleo mundial y más de una cuarta parte del gas natural licuado. Su cierre parcial no solo encendió las alarmas: confirmó una verdad incómoda que el mundo prefiere ignorar. La seguridad energética global depende de cuellos de botella geopolíticos cada vez más vulnerables.
El resultado es inmediato: petróleo por encima de los 100 dólares, proyecciones que coquetean con los 150, y mercados reaccionando no solo a la escasez real, sino al miedo. Pero más allá del precio, lo que está en juego es algo más profundo: el retorno del petróleo como instrumento de poder global.
En este nuevo tablero, América Latina vuelve a aparecer. una vez más, como región estratégica. Brasil, Colombia y Argentina reciben un impulso fiscal inesperado, una suerte de “bonanza exprés” que mejora cuentas externas y alimenta ingresos públicos. Sin embargo, esta aparente buena noticia es, en realidad, una trampa conocida.
El alza del petróleo también dispara la inflación, encarece el transporte, eleva los costos agrícolas. particularmente por el impacto en fertilizantes derivados del gas. y termina afectando a los mismos países que celebran mayores exportaciones. La región vuelve a enfrentarse a su vieja paradoja: gana, por un lado, pero pierde por el otro.
A esto se suma un actor que regresa al escenario con cautela, pero con peso: Venezuela. Su posible reactivación productiva, en medio de una flexibilización de sanciones, abre una expectativa de oferta futura. No obstante, pensar en una solución inmediata sería ingenuo. La infraestructura deteriorada y la falta de inversión hacen que su impacto sea, en el mejor de los casos, gradual.
Pero el verdadero cambio no está en los precios ni en los actores. Está en la lógica del sistema. La crisis actual ha demostrado que el problema energético ya no es solo de recursos, sino de rutas, logística y geopolítica. El petróleo sigue existiendo, pero cada vez es más complejo, costoso y riesgoso moverlo. Ahí radica la verdadera disyuntiva para América Latina.
La región puede interpretar este momento como una oportunidad para fortalecer su papel como proveedor global de hidrocarburos. O puede leerlo como una advertencia: la volatilidad del petróleo no es una excepción, es la nueva regla. Apostarle exclusivamente a esta renta es insistir en un modelo que históricamente ha sido incapaz de sostener desarrollo de largo plazo. Porque el riesgo no es menor.
Si esta bonanza, como tantas otras, se diluye en gasto corriente y no se transforma en inversión productiva, diversificación energética e innovación, el resultado será el de siempre: crecimiento efímero seguido de ajustes dolorosos.
La historia económica de la región está llena de ciclos petroleros que prometieron prosperidad y terminaron profundizando vulnerabilidades. Hoy, con una transición energética global en marcha, el margen de error es aún menor.
El petróleo ya no es solo un recurso: es un termómetro de la fragilidad del sistema internacional. Y América Latina, lejos de estar al margen, está en el centro de esa tensión. La pregunta, entonces, no es si esta coyuntura representa una oportunidad. La pregunta es si la región está preparada para no desperdiciarla.
*Docente de Ingeniería de Petróleos – Universidad de América