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Exiliados en su país, el drama del “insilio”

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Resumen

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Mientras el exilio es la expulsión del territorio geográfico, de la patria, el “insilio” –su otra cara– es la expulsión de la vida anterior, de la confianza en el entorno cercano, y es lo que viven miles de desplazados en Colombia, que aun estando en su propio país no se sienten seguros en él. El insilio también genera sentimientos de duelo y nostalgia, además de la pérdida de los espacios conocidos, abandonados por la violencia y el miedo.

Después del triunfo de Franco en la guerra civil española, Ricardo, el padre de Lorenzo, vive escondido en su casa mientras su esposa, Helena, finge ser viuda. El niño asiste al colegio católico del pueblo, en donde debe someterse a la rígida disciplina impuesta por el franquismo. Nadie debe saber que Ricardo vive, por lo cual su presencia debe ser invisible para todos los vecinos, especialmente para Salvador, el cura del colegio, quien está obsesionado con el niño porque se niega a cantar el Cara al sol –himno de la Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista–, y luego también se obsesiona con Helena.

Ricardo es descubierto y trágicamente opta por el suicidio. Esta es la historia de Los girasoles ciegos (2004), novela del español Alberto Méndez que ilustra de manera dramática lo que es el insilio, “exilio interior”, o “estar sin estar”, como lo definiera Paul Ilie, especialista en literatura hispana estadounidense, quien explicaba además que “uno puede ser exiliado en su propio país, aunque viva en él”.

En efecto, el insilio es una palabra reciente que, según el fallecido profesor puertorriqueño Daniel ”Chango” Illanes, surgió en el Cono Sur para referirse a la situación generada por la censura política y el miedo a las dictaduras de las décadas de 1970 y 1980 que debieron sufrir todos aquellos que no pudieron exiliarse y se quedaron en sus propios países.

El insilio es sentirse ser extranjero en el propio país, perder los derechos ciudadanos y sentir la amenaza constante de la propia integridad; es la condena al silencio. Illanes dice: “se trata de estar sin ser dentro de la propia patria de uno, que a uno se le presenta enajenada”.

La psicóloga colombiana Betty Puerta lo explica así: “el insilio es estar dentro del país de origen, pero forzado al silencio. La persona insiliada lo está en su propio país, en donde eso propio le es ajeno, es territorio peligroso. […] El insilio es sufrido por los familiares de aquellos que han partido al exilio y que han visto desarticularse la unión familiar, como ha sucedido en Colombia durante la larga lucha armada. La violencia política o social es la causa del insilio”.

La literatura nos ofrece múltiples ejemplos. Podemos dar cuenta de algunos muy interesantes en novelas escritas por mujeres. La novela Que me busquen en el río (2006), de la colombiana Adelaida Fernández Ochoa, cuenta la historia de una maestra enviada a una escuela veredal en el municipio de Trujillo (Valle del Cauca). El clima de violencia se hace denso desde la llegada de la maestra, quien debe trasladarse en un planchón por el río Cauca, el mismo adonde llegan los cadáveres de los desaparecidos de las veredas de la zona.

Tanto la presencia de la guerrilla y el narcotráfico como el enfrentamiento de diferentes bandos enemigos obligan a la comunidad a moverse entre la desconfianza y el miedo: “yo me hice la tonta mientras preparaba la respuesta; el colegio es otro mundo y hay que aprovecharlo para callarse, entre otras cosas porque uno nunca sabe quién está entre los muchachos o con quiénes se relacionan o se relacionarán en el futuro, como las fuerzas armadas legales o alguna de las ilegales, por eso hay que tener cuidado”.

En un momento dado, una de las estudiantes desaparece por varios días, por lo cual la madre y las profesoras suponen que hay que buscarla en el río, pero regresa y solo dice que estuvo con un “man” en la montaña. No hay detalles, nadie dice nada, pero se sabe que las niñas pueden ser secuestradas para abusarlas sexualmente. El silencio es una estrategia para sobrevivir.

Tanto la presencia de la guerrilla y el narcotráfico como el enfrentamiento de diferentes bandos enemigos obligan a la comunidad a moverse entre la desconfianza y el miedo. Fuente: archivo UnimediosTanto la presencia de la guerrilla y el narcotráfico como el enfrentamiento de diferentes bandos enemigos obligan a la comunidad a moverse entre la desconfianza y el miedo. Fuente: archivo Unimedios

En 2019 la venezolana Vaitière Alejandra Rojas ganó el concurso de novela de la Universidad Central con su obra Algo habla con mi voz, en la que describe las experiencias previas a la migración de una mujer que va de Venezuela a Colombia para instalarse en Bogotá con su esposo y su hija pequeña. Se trata de una migración forzada que es antecedida por un insilio prolongado en el país de origen.

Así lo narra en primera persona: “yo siempre me he sentido extraña, rara, y fui una extranjera en mi propio país desde que tuve uso de razón, pero la influencia de la costumbre y de los territorios que damos por nuestros me hacían tolerable la existencia, pese a esa sensación de no pertenecer a nada”. La sucesión de acontecimientos desde su adolescencia va acentuando el sentimiento de no pertenencia: la culminación de estudios universitarios para pasar al desempleo, la escasez de productos básicos, el hambre, la violencia política y social y la desesperación del esposo, que como último recurso vende su guitarra.

La joven se abstrae en sí misma y esto se interpreta como autismo. La migración a Bogotá no mitiga demasiado su situación, pues ella termina encerrada en su casa cuidando a su hija mientras el marido trabaja, y en sus contadas salidas debe enfrentar la xenofobia, por lo cual opta por el silencio, por fingir una disfonía para no revelar su acento extranjero.

La novela Autobiografía de mi madre (1995), de la escritora caribeña Jamaica Kincaid, nacida en la isla de Antigua, muestra un insilio producto del colonialismo británico. Ante una sociedad racista, clasista y machista, Xuela, la protagonista, se encierra en sí misma pues no puede confiar en su propia familia ni en la sociedad que la agrede desde su infancia, cuando asistía a una escuela que le rendía pleitesía a la monarquía británica y se le instaba a reprimir la expresión de lo que sentía y pensaba.

Huérfana de madre, entregada por el padre a una lavandera que la cría con gestos brutales, exiliada de su lengua materna –pues antes que la lengua criolla se le impone el inglés–, rechazada por no ser suficientemente negra ni suficientemente blanca, Xuela vive una vida de soledad, de represión, de silencio, en la que lo único que le pertenece es su propio cuerpo: “Nadie me observaba ni me contemplaba a mí, solo yo me observaba y contemplaba a mí misma; la corriente invisible salía de mí para volver a mí. Acabé amándome a mí misma tercamente, como fruto de la desesperación, porque no había nada más. Un amor así puede servir, pero solo servir, no es precisamente lo ideal; tiene el sabor de algo que se ha dejado en la alacena tanto tiempo que se ha vuelto rancio y al comerlo te revuelve el estómago”.

En estas muestras encontramos el insilio como la otra cara del exilio. Aunque el exilio es la expulsión del territorio geográfico, de la patria, el insilio es la expulsión de la vida anterior, de la confianza en el entorno cercano, como lo viven miles de desplazados en Colombia, que aun estando en su propio país no se sienten seguros en él.

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