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Hanta y Ébola

El texto advierte que ante brotes como Hanta y Ébola, priorizar libertades individuales sobre medidas sanitarias puede agravar la propagación global.

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Por: Esteban Payán Garrido

Hacia la inevitable tragedia de los comunes. El fantasma del Covid-19 volvió a espantar al mundo en forma de los virus Hanta y Ébola. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado oficialmente una Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional (ESPII) en relación con el reciente brote de ébola, cepa Bundibugyo, en la República Democrática del Congo (RDC) y Uganda.

Simultáneamente, la OMS y varios estados han estado gestionando la contención de la cepa Andes del virus Hanta aparecida en un crucero que viajaba a los Países Bajos desde este 3 de abril. Debido al periodo de incubación del virus y la transmisión humano-humano, la OMS se encuentra rastreando a más de 600 contactos sospechosos en 30 países para cortar posibles cadenas de transmisión tras el desembarco y la repatriación controlada de pasajeros en zonas como las Islas Canarias (España).

El manejo del brote de Hanta ha sido desafortunado; permitir el desembarque de pasajeros hacia diversos países y delegar la contención al autoaislamiento voluntario es un error crítico. La epidemiología se sustenta en tres pilares: frecuencia, distribución y determinantes. Al ceder la responsabilidad al individuo, se rompe el control sobre la distribución del patógeno, asegurando —irónicamente— una dispersión óptima para el contagio.

Se desperdició una oportunidad clave para contener este brote bajo el pretexto de la libertad de tránsito. El mundo ha cambiado: en situaciones de riesgo sanitario, la restricción de libertades individuales es una medida proporcional necesaria cuando el objetivo es prevenir una tragedia a gran escala.

El mundo empieza a cancelar reuniones de riesgo. Recibí la notificación de que la primera Cumbre Internacional de la Alianza de Grandes Felinos (Ibca) —donde debía moderar una sesión— ha sido pospuesta. El evento, que contaría con la inauguración del primer ministro Narendra Modi y la adopción de la Declaración de Delhi, estaba anidado en la Cumbre del Foro India-África (Iafs IV), programada para los primeros días de junio en Nueva Delhi.

Más de 400 delegados, expertos y jefes de Estado de países clave para la conservación global esperaban reunirse allí, pero el comunicado oficial fue claro: la decisión se tomó en consulta con la Unión Africana para convocar la cumbre en una ‘fecha posterior’. Al leer entre líneas, el mensaje es contundente: la India, el país más poblado del planeta, ha decidido no arriesgarse a introducir el ébola, consciente de que un brote allí sería incontrolable a escala global.

Las implicaciones geopolíticas y sanitarias se agudizarán en las próximas semanas. Ante el Mundial de fútbol en Norteamérica, la Casa Blanca ya ha ordenado un aislamiento de tres semanas para la selección de la República Democrática del Congo.

La tragedia de los comunes ilustra cómo el abuso de un recurso compartido —en este caso, la salud global— puede devastar el bienestar colectivo, concepto que planteó Hardin en la revista Science en 1968. Aquí, al priorizar libertades individuales sobre la contención sanitaria impone un costo incalculable a la población. Un solo individuo infectado propagando un virus en un evento masivo puede desencadenar una crisis de consecuencias globales.

Este riesgo se ve exacerbado por el desfinanciamiento en vacunas, la falta de avances científicos en enfermedades tercermundistas y la crisis climática, incluyendo los efectos inminentes del mega fenómeno de ‘El Niño’ que se viene este segundo semestre del año. Ante este escenario, es imperativo que los ciudadanos exijamos gobiernos que privilegien la ciencia y el rigor técnico en la toma de decisiones, tanto en salud pública como en la gestión de nuestra biodiversidad.