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La Batalla nos dio un país, la cultura nos dará una nación

La independencia sigue pendiente si no existe una cultura ciudadana que promueva el respeto, el cuidado colectivo y la autorregulación.

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La fecha de posesión del Presidente no es un capricho de calendario. El 7 de agosto se conmemora la Batalla de Boyacá, el hito definitivo de la autodeterminación colombiana. Más allá del simbolismo o de discursos de libertad frente al yugo, la independencia suponía algo más que cambiar de gobernante: implicaba demostrar que éramos capaces de gobernarnos a nosotros mismos desde la ética, la moral y el cuidado colectivo; legitimar que éramos capaces de construir una nación. Hoy, dos siglos después, surge la pregunta, vigente más que siempre: ¿realmente tenemos la capacidad moral y ética de autorregularnos, o necesitamos el yugo constante de la vigilancia y el control?

Es agotador e indignante lidiar con la barbarie diaria: aquel vecino que impone decibeles de ruido sin consideración; estudiantes que ven en el personal docente un receptor de insultos inagotable; conductores que parecen haber obtenido su licencia en un paquete de papas fritas; funcionarios públicos que justifican el saqueo del erario sin pizca de remordimiento; dueños de mascotas que aceleran el paso mirando al cielo mientras su perro ensucia el espacio público. Entonces, ¿hacia dónde se inclina la balanza entre la madurez y la necesidad de control?

Analicemos algunas situaciones cotidianas: ante el motociclista que anda en contravía las reacciones son variadas, pero la mayoría apunta a tesis como “el tránsito brilla por su ausencia”; cuando se evidencia un robo, el debate tiende a juzgar en mayor grado la demora de la policía que la conducta del ladrón; en épocas electorales aún se eligen personajes con escándalos de corrupción. Se torna sintomática la situación. La pirámide de valores está invertida: no se cuestiona a quien deliberadamente irrespeta la ley; en vez de ello se reclama a la autoridad por no estar presente y castigar. La indignación se ancla con mayor énfasis en la “impunidad” y no en la cultura fallida.

La lectura desde ese enfoque crea necesidades institucionales de tintes orwellianos. Creemos, por ejemplo, que inundar de cámaras la ciudad permitirá identificar infractores, lo que a su vez persuade a la gente para que “se porte bien”; una especie de VAR que busca reducir cifras de delincuencia, como si una cámara pudiera producir virtud del mismo modo con el que un radar produce prudencia. A fin de cuentas, todo se reduce a espejismos, a imaginarios que orientan la administración pública hacia la mejora en la “percepción” ciudadana antes que a una verdadera cultura de cuidado: del prójimo, de la infraestructura, del erario, de la vida. No se trata de prescindir de la autoridad, sino de reconocer que ninguna cantidad de vigilancia reemplaza una ciudadanía que haya interiorizado el respeto por el otro.

La conclusión es preocupante pero no definitiva: parece que la premisa de la madurez no se ha podido materializar. Seguimos pensando que el panóptico universal traerá paz y convivencia, dejando en los anaqueles del olvido y de la esperanza la verdadera opción: la cultura del cuidado. La independencia nos dio un país, la cultura decidirá si somos una verdadera nación.

*Docente y Consultor en manejo de conflictos

X: @rodrygonzalezma