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Vuelve y juega, el insulto ganó

El artículo alerta sobre cómo el comportamiento violento en las tribunas impacta la formación de los niños y deja una herencia cultural negativa.

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Ya no es automática la respuesta al preguntarnos si los mayores son más que los niños y niñas entre los asistentes al estadio. Cada vez se suman progresivamente los menores a las tribunas del Montanini, contagiándose del cántico y el aroma febril “auriverde”. Incluso las peticiones han venido mutando de juguetes a camisetas o banderas alusivas a esa pasión Leoparda: el sueño de todo hincha de antaño.

Hasta ahí todos somos felices. Estamos labrando un legado deportivo y costumbrista. Leámoslo ahora entre interrogantes; ¿realmente estamos dejando dicha herencia?

El jueves anterior volví con mi hijo luego de una serie de aquellos caprichos del destino que nos habían impedido alentar en vivo a Sambueza y su comitiva. Desde el primer minuto los insultos iban y venían; unos más creativos que otros. Ya no solo se atenta cobardemente contra la progenitora, ahora se utilizan expresiones aritméticas donde se duplica, triplica y hasta se utiliza la expresión “tetra” como prefijo. Los rostros de los niños eran en principio de asombro o incluso de temor. Con el pasar de los minutos, ya algunos comenzaban a emular el ejemplo de los padres, tíos, o aquel vecino fortuito que tuviese al lado.

En el minuto 51, tras una decisión arbitral, mediada por el VAR, ese novedoso responsable de emociones taimadas por posibles revisiones, se decretó penalti en contra. Mi hijo saltó de la silla y estiró el brazo derecho con ceño fruncido soltando un insulto improvisado. Inmediatamente volteó la mirada previendo lo que efectivamente sucedió: un gesto de mi parte reprobando la escena e invitándolo a volver a la silla. Así, poco a poco podemos sumar o restar. La cultura no es estática; va fluctuando con el acontecer y el actuar diario de nosotros, los actores principales de esta obra en la que nada proviene de un guion, todo es improvisado, pero al final cada acción influye en ella.

No es complicado ganar esta batalla cultural. Lo que sucede en las tribunas no va a ser muy distinto de lo que sucederá en el colegio, en el hogar o en el parque ante una situación detonante. El ejemplo funciona. Es nuestro deber llevar a las futuras generaciones a una cultura sensata y medida, que busque cualquier escenario menos el violento. Nos acostumbramos a aceptar que eso no tiene nada de malo, que es un juego y vamos al estadio a descargar todo el peso que la vida nos pone encima semana tras semana. Sin embargo, poco a poco, así como la timidez de los niños se va apartando minuto tras minuto al ver a sus referentes mayores vociferar y maltratar desde las cuerdas vocales, la agresión y respuesta mal dada se les va hincando en sus formas de ver y tratar al mundo.

Estamos a tiempo. Aún podemos mostrar una cara amable. Así podremos tener al menos la legitimidad de criticar los actos violentos que vemos a diario en redes, ante los cuales reaccionamos con reproche e incomprensión ante la falta de cultura. Comencemos, al menos, desde casa, desde la casa del Leopardo.

*Docente y consultor en DDHH y manejo de conflictos