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Seguridad y Convivencia sin tanto pereque

La seguridad también depende de cultura de paz, autorregulación y participación comunitaria, no solo de más autoridad o control.

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Por: Rodrigo González Márquez*

Esta semana participé, en calidad de docente, de la ceremonia de graduación de 35 estudiantes bumangueses que ejercen la valerosa función de la personería en su respectiva institución educativa. El diplomado tiene un nombre suntuoso, pero a la vez correspondiente con la intención: Gestión de conflictos y liderazgo. La gobernación de Santander y la Personería de Bucaramanga aunaron esfuerzos en una noble, pero analizada intención: gestar una cultura de paz.

 

Uno de los graduandos manifestó a viva voz que las herramientas brindadas por el espacio académico le han sido útiles para dirimir diferencias que otrora culminaban con el golpe más fuerte, en el mejor de los casos. Rencillas diarias, bullying, entre otras actitudes contaminantes de la convivencia se logran comprender mejor desde el análisis introspectivo, lo cual no es muy común en los días de eterno afán en los que vivimos.

 

Estos esfuerzos desde lo institucional, que no necesitan de grandes rubros, proyectos, ante proyectos, formulación de necesidades, estructuración y aprobación en planes plurianuales o burocracia paquidérmica, logran impactos. El mayor esfuerzo fue conseguir 35 sillas y un video proyector (vale aclarar que la voluntad de los docentes fue absoluta, lo que volvió liviana la carga de lo académico).

 

A nadie sorprende afirmar que la seguridad es quizás el mayor de los problemas que afrontamos como comunidad. La percepción que genera la divulgación de actos en contra de la convivencia, de o del respeto por el otro es apenas comprensible si hojeamos los diarios o scrolleamos los medios digitales. La respuesta automática termina en exigencias de autoridad, señalamientos a la insuficiencia numérica de personal policial, pero poco hacia la falta de cultura de paz, de resolución pacífica de conflictos, de tolerancia, y de liderazgo comunal.

 

Ya había aludido en otras columnas a esa tendencia a juzgar ineficiencia institucional frente a fallas netamente personales como el robo, o el andar deliberadamente en contravía. Se juzga la demora de la policía en llegar al sitio, o la ausencia de unidades de tránsito. Pero la falta de herramientas que lleven a una cultura fraterna pocas veces es reconocida.

 

La fórmula de atención para la mejora de toda esta vivencia tiene otras salidas distintas al juzgamiento de la ineficacia institucional. No apunta este escrito a quitar la responsabilidad a las autoridades; solo llama la atención a la necesidad de participación comunitaria; a la autorregulación emocional; la corresponsabilidad, el famoso “poner de su parte”.

Sin embargo, no basta solo con la decisión de “ser buenas personas”. Es importante tener herramientas metodológicas que orienten hacia ese estado de conciencia social en el que se logre sentir el dolor ajeno; que se comprenda el respeto hacia lo normativo como la base de la tolerancia masiva y no como una imposición inquisitoria.

 

Ya lo sabían los griegos, Elpis, esa diosa que representaba la esperanza era hija de Nix, diosa de la noche. No hay esperanza más grande que la nacida en medio de la desesperación total; y es allí, en ese estado de cosas en el que no sabemos hacia dónde mirar, del que nacen las grandes ideas, los grandes esfuerzos que terminan sacando a flote de nuevo lo magnánimo de la humanidad.

La apuesta entonces es por más espacios en el que la corresponsabilidad aflore en medio del dedo que juzga. Por más herramientas que orienten a quienes genuinamente quieren liderar un cambio de paradigma. Por más esfuerzos institucionales con vocación de cultura de paz. No necesitamos grandes rubros, solo voluntad y ganas de estructurar la esperanza en medio de caminos que parecen oscuros. Seguramente, o al menos eso auguro desde mi fe, así alcanzaremos esa seguridad que tanto se exige en los escenarios de lo público.

*Docente y Consultor en manejo de conflictos

X: @rodrygonzalezma