Del recuerdo solo queda el recuerdo
Las redes y el hiperregistro audiovisual están debilitando la capacidad de recordar y vivir plenamente los momentos.
Las redes y el hiperregistro audiovisual están debilitando la capacidad de recordar y vivir plenamente los momentos.
Los puntos clave serán generados automáticamente por IA y revisados por la redacción de El Frente.
El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
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Por: Rodrigo González Márquez*
Si en la columna anterior el énfasis estuvo en la cuestionada pretensión de erigirnos en periodistas, analistas y jueces a través de las redes, en esta, la intención es poner la lupa en el riesgo de la pérdida de una facultad sentidamente humana: el recuerdo. El ejercicio de sentarse en una mecedora, butaca, o en cualquier asiento de un medio de transporte a mirar lejos para volver a sentir algo ya vivido es cada vez menos frecuente. Y esto no solo por el impulsivo hábito de sacar el celular ante cualquier instante de ocio, aunque hoy esa parezca ser la regla, sino por el ansia del “hiperregistro” audiovisual. Nos hemos convertido en asiduos y obstinados cazadores de momentos. Pensamos que cualquier evento es digno de capturar para inmediatamente subir a nuestras redes predilectas.
En los inicios de la interacción virtual había un incipiente y auténtico deseo de volver a conectar con quienes teníamos lejos, o con aquellos viejos amigos o compañeros que tiempo atrás hacían parte de nuestro diario vivir. Luego llegaron los “likes” y todo se descontroló; acapararon la atención y esa genuina intención primaria. El fenómeno es sencillo de leer y entender, pero bastante complejo de adoptar. Estamos en un contexto en el que el afán de compartir está guiado por un hambre de reconocimiento validado por esos “me gusta”, todos entendemos esto; pero aceptarlo como premisa es ser conscientes de la caída en un enfrascamiento, un embudo que nos arrastra hacia un pozo cada vez más profundo, opaco y sin luz de recordación.
Hemos disminuido la capacidad de gozo a plenitud del partido de fútbol, el concierto, la reunión o el paseo. Cada vivencia pasa por el filtro de “vale la pena subirlo como historia”. Y es allí donde los recuerdos pierden su arquitectura, su color, su olor; y lo más lamentable, el sentir de dicho momento. Es por eso que ante la majestuosidad de una montaña, un acaudalado río o el ocaso del sol en una playa, no nace de manera genuina o inmediata el afán de querer eternizar la experiencia; son las gigas de nuestro móvil y el “timeline” de las redes quienes terminan capitalizando el fugaz pero otrora imborrable recuerdo.
Es viable detener esa caída libre. Tenemos la capacidad de decidir vivir y así ganarle la batalla a la fugacidad. Nos queda soltar los aparatos y abrazar el sentir.
*Docente y consultor en DDHH y Manejo de conflictos
X: @rodrygonzalezma