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La vida y el trabajo siguen ciclos inevitables: comienzan, crecen, culminan y se transforman, dejando aprendizaje, balances y gratitud.

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La vida y el trabajo siguen ciclos inevitables: comienzan, crecen, culminan y se transforman, dejando aprendizaje, balances y gratitud.

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La vida es cíclica, los seres humanos son la expresión del máximo grado de vulnerabilidad. Son completamente dependientes para la subsistencia. La mayor vulnerabilidad del mundo está expresada en un humano recién nacido y su posterior ancianidad. Entre tanto, algunos creerán controlar el mundo y dominar la naturaleza. Fortaleza que no permanecerá para siempre, la coronará la decrepitud. Al final de la vida personal, la senectud llevará al punto inicial y a la vulnerabilidad del inicio. Es tanta la dependencia final que, muchos ni las necesidades más básicas como alimentarse o asearse pueden hacerlo por sí mismos.

Los ciclos no son sólo exclusivos de la existencia humana que viene con fecha de caducidad desconocida. El ciclo productivo de la vida humana, especialmente, lo que atañe al trabajo remunerado, es compensado con recursos económicos que vienen a satisfacer en la mayoría de los casos, las necesidades materiales y también, aspiraciones y sueños de grandeza. Es el ciclo del desempeño de un rol productivo en la sociedad; manifiesto en la realización de una actividad remunerada económicamente de tipo profesional, artesanal, operativa, deportiva, artística, directiva, gerencial, de apoyo, de servicios, emprendimientos, etcétera. Inicia con el aprendiz, el practicante, el pasante, para pasar a ser junior, senior, directivo, socio, jefe, logra su máximo desempeño y termina para algunos con la jubilación; para otros, con la vacancia manifiesta en la terminación del contrato laboral o de prestación de servicios.

El ciclo laboral funciona como el ciclo de la vida. No en vano, se requiere estar vivo para tener labor. Hay momentos de aprendizaje, de formación, de crecimiento, de desarrollo, de expansión hasta que, llega el momento de decir adiós, bien sea porque la fuerza no da más, o porque cambia el proyecto de vida. En otros casos, el empleador decide que no más. Siempre habrá una razón que, a simple vista, será plausible y pondrá fin al ciclo para iniciar uno nuevo. Para algunos, la vida del pensionado en compañía de sus seres queridos y amigos; para otros, el desempleo, la búsqueda de una nueva oportunidad laboral, el reinventarse acompañado de las vicisitudes que ello acarrea; y para otros, el inicio de una nueva etapa laboral, otro proyecto productivo y otro lugar.

Las cuatro estaciones son la expresión más pura y reflejo de ello. Nacer en primavera para fundirse en el gélido y cruel invierno, como alba cabellera, anuncio del fin de la existencia. Brillo y fortaleza en verano. Caída de las hojas con las primeras canas, anuncio del Otoño ¿Qué queda al final? Lo vivido, lo hecho y el agradecimiento. A todos llega el final del ciclo productivo. No en vano, las organizaciones subsisten, las personas son pasajeras, en algunos casos como memoria, recordaciones de afectos u odios.

Al final de todo ciclo productivo, sólo resta el agradecimiento por lo bueno y por lo malo.  Agradecer a El Eterno por las bendiciones recibidas, por las experiencias vividas y por las personas conocidas. Para bien o para mal, algo dejaron y algo queda, poco o mucho. En el peor de los casos, el aprendizaje de aquello que no se querrá repetir. Siempre al final de cada ciclo, habrá balances. No queda otra que, seguir adelante.  Los ciclos se cierran y será inevitable iniciar otros mientras haya vida. No se puede seguir atado al ciclo concluido, se ha de soltar no hay otra opción. Se requiere empuje para avanzar, enfrentar el nuevo desafío con dignidad y con mirada optimista. Nadie es eterno, ni dura para siempre, salvo El Eterno Creador del Universo quien fue, ha sido, es y será. Los seres humanos como el poema del español Antonio Machado, son estelas en la mar. Gracias.