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Empatía hacia los delincuentes

El texto cuestiona la empatía hacia delincuentes y defiende que el Estado y la sociedad respalden a las víctimas y a la Fuerza Pública.

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La condición humana es uno de los asuntos que admiten análisis a profundidad. La contradicción es una de esas características humanas de más porfiar. No en vano, la retrató, el célebre poeta nicaragüense Rubén Darío cuando escribiera: “Extraño ser es el hombre, nacer no ha pedido, vivir no ha sabido y morir no ha querido”. El ítalo-argentino José Ingenieros en su obra, El hombre mediocre, sentenció: El hombre mediocre se conforma con la rutina e imita su entorno. Así pareciera, algunos miembros de la sociedad exudan empatía hacia el delincuente al punto idolátrico. Gozan de ello extintos narcoterroristas y otros terribles delincuentes, acaba de suceder con los delincuentes recientemente, muertos en acciones legítimas adelantadas por las Fuerzas Militares y de Policía bajo el liderazgo del nuevo Gobierno.

No es fácil entender el subconsciente individual, menos el colectivo; el sentido de indignación de la ciudadanía es selectivo, opera según el criminal. Algunos ven en el delincuente al émulo de Robin Hood. Verbo y gracia, agentes estatales en ejercicio de la fuerza estatal dan de baja a un grupo de delincuentes que tienen asolada a la población, e inmediatamente, se levantan voces afanadas por los derechos, pero de los delincuentes, no de las víctimas. Fallece un miembro de la Fuerza Pública y emerge un sepulcral mutis por el foro. Para algunos ciudadanos son más importantes los delincuentes que las víctimas, y se ofenden si el Presidente hace justo inventario de cadáveres de delincuentes.

Un terrorista será terrorista viniere de donde viniere.  Quien se levanta contra El Estado para poner en riesgo la vida, la honra y los bienes de sus semejantes merece todo el peso de la ley y el rechazo social. Basta de romantizar terroristas, resulta imperativo poner fin a la empatía hacia el delincuente. El terrorista no merece empatía más allá del derecho y las garantías judiciales en el marco de la ley. Quien levanta un arma para aterrorizar no tiene derecho a exigir que, El Estado le sea benigno y que la sociedad le idolatre. El Estado no deber permitir cultos a delincuentes. El funeral de un delincuente no tiene que ser motivo para alteración del orden público y exaltación colectiva.

¿Desde cuándo el uso legítimo de las armas se volvió motivo de reproche y de sanción social? ¿Desde cuándo un delincuente capturado en flagrancia tiene derecho a ocultar su rostro? Hay hiperdesarrollo de derechos y garantías constitucionales en favor del delincuente en detrimento de la víctima y del agente estatal. Existen “abrazadelincuentes” que claman en redes sociales por los derechos de los criminales, mientras las víctimas mendigan justicia pronta y cumplida. De no creer que, haya líderes de opinión que reprochan al agente estatal cumplir con su deber. Normalizan que un miembro de la Fuerza Pública ofrende su vida en una operación contra la delincuencia, pero cuestionan que los delincuentes sean expuestos como lo que son; en su lugar, ponen al delincuente como víctima social ¿Acaso el delincuente cuando arrebató la vida, honra y bienes de su víctima mostró empatía y demostró algún asombro de humanidad?

En estos días un delincuente miserablemente apedreó a un vigilante adulto mayor para robarlo. No más idólatras de delincuentes. El Estado está para el bienestar, pero también para imponer orden y seguridad. Todo aquel que transgreda la ley ha de ser judicializado, si se opone, el uso de la fuerza legítima del Estado será siempre de buen recibo y justificable. El Estado (El Monarca) es llamado a defender la vida, honra y bienes de sus ciudadanos en eso consiste el pacto social Hobbesiano ¿Y si aquel no puede o no quiere hacerlo, a quién le corresponderá hacerlo?