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Opinión

La paradoja de la autoridad en las vías

La autoridad de tránsito debe educar y construir confianza, no solo sancionar; el cumplimiento de la norma también protege la vida.

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La autoridad de tránsito debe educar y construir confianza, no solo sancionar; el cumplimiento de la norma también protege la vida.

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Hay algo profundamente paradójico en nuestras calles: no tememos tanto infringir la norma como encontrarnos con quien debe hacerla cumplir. Ante un retén de tránsito, la reacción automática de muchos conductores, incluso de quienes llevan sus documentos en regla y no tienen nada que ocultar, es disminuir la velocidad, buscar una salida o sentir tensión. Pareciera que, en lugar de representar protección y seguridad, el uniforme del agente anunciara un problema.

¿En qué momento la autoridad empezó a producir más temor que confianza? La pregunta no cuestiona la necesidad del control. Una ciudad sin autoridad de tránsito estaría expuesta al caos y, peor aún, al riesgo de perder vidas. Verificar, prevenir, corregir y sancionar son responsabilidades indispensables. El asunto es otro: ¿cuál debería ser el propósito que inspira a quienes ejercen esa autoridad?

Cuando el ciudadano percibe al agente principalmente como un “cazainfractor”, dispuesto a encontrar la falta para imponer un comparendo, la relación se reduce a una lógica de vigilancia y castigo. Y allí se pierde algo fundamental: la oportunidad de educar.

Un agente de tránsito debería ser también un educador en la vía pública. Alguien que explique por qué una conducta pone en riesgo la vida, que oriente antes de que ocurra un siniestro y que ayude al ciudadano a comprender que detrás de una señal, un límite de velocidad o una norma existe una razón: proteger al otro y hacer posible la convivencia.

La sanción tiene, por supuesto, un lugar. Frente a comportamientos que ponen en peligro a los demás, debe ser firme y necesaria. Pero una Dirección de Tránsito no debería medir su éxito únicamente por el número de comparendos impuestos. La sanción puede detener una conducta; la pedagogía puede transformarla.

También deberíamos preguntarnos: ¿por qué hacemos tan visible la infracción y tan poco visible el cumplimiento? Reconocer al ciudadano que respeta las normas, conduce responsablemente, cede el paso o protege al peatón podría ser una herramienta poderosa de cultura ciudadana. No se trata de premiar lo que debería ser normal, sino de hacer visible que cumplir también construye ciudad.

El reto es cambiar la relación entre autoridad y ciudadanía: pasar del miedo a la confianza, de la vigilancia permanente a la corresponsabilidad, del “¿cuánto me cuesta infringir?” al “¿a quién protejo cuando cumplo?”.

Porque el verdadero triunfo del tránsito no ocurre cuando se captura al infractor. Ocurre cuando el ciudadano comprende que respetar la norma no es simplemente evitar una multa: es una manera cotidiana de cuidar la vida de los demás.

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