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La política también necesita buenos modales

La política requiere buenos modales para evitar la confrontación, proteger la convivencia y respetar la democracia y la Constitución.

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Recibí de mi antiguo colega Santiago Montenegro un interesante y bien documentado escrito sobre un asunto que, aunque pueda parecer menor frente a los grandes desafíos de una sociedad, resulta esencial para la democracia: los buenos modales.

Por: Fundación Participar*

Su tesis es contundente: las normas de respeto y consideración protegen la convivencia porque permiten resolver las diferencias sin recurrir permanentemente a la coerción del Estado. Allí donde desaparecen los buenos modales, se abren paso la intolerancia, la confrontación y, finalmente, la tiranía o el caos. Nada más cierto. Y pocas actividades necesitan tanto de los buenos modales como la política.

Si hubieran prevalecido el respeto y la mesura durante la pasada contienda electoral, nos habríamos ahorrado buena parte de los insultos, las descalificaciones y los ataques personales entre candidatos y campañas. También se habrían evitado desafortunadas actuaciones de quienes, obnubilados por el éxito electoral, terminan creyendo que la victoria les concede licencia para desconocer la dignidad de sus adversarios o el legado de quienes los precedieron.

La política exige, además, reconocer una verdad elemental: el adversario no es un enemigo. La tolerancia democrática significa aceptar que quien piensa distinto tiene el mismo derecho a existir, expresarse, competir y eventualmente gobernar. Sin ese principio, las elecciones dejan de ser mecanismos para resolver pacíficamente las diferencias y se convierten en simples episodios de una guerra por el poder.

El gobierno de Gustavo Petro constituye, en este sentido, una lección que la izquierda colombiana debería analizar con serenidad. Su talante confrontacional, los constantes choques con las instituciones, las dificultades de dirección y la defensa de funcionarios cuestionados terminaron deteriorando su capital político y frustrando, en buena medida, la oportunidad histórica que tuvo la izquierda para demostrar que podía transformar el país desde el poder y dentro de las reglas democráticas.

Por eso resulta preocupante cualquier intento de desconocer la legitimidad de la elección de Abelardo de la Espriella. Cuestionar los resultados puede ser legítimo cuando existen fundamentos, pero desconocer de entrada la voluntad expresada en las urnas constituye un grave irrespeto por los electores y por el sistema electoral. La anunciada desobediencia civil debería ser examinada con especial responsabilidad, incluso por quienes, desde el propio petrismo, advierten que una estrategia de confrontación permanente podría cerrar las puertas a su eventual regreso democrático al poder.

Pero los buenos modales no pueden exigirse únicamente a los derrotados. También se esperan del presidente De la Espriella y de su equipo de gobierno. Colombia necesita un gobierno que respete a sus aliados, garantice los derechos de sus opositores y comprenda que gobernar no significa imponer, sino construir mayorías capaces de sacar adelante las reformas necesarias.

El primer deber presidencial es, precisamente, respetar y defender la Constitución. Como ha recordado el constitucionalista Mauricio Gaona, la Constitución está por encima de los caprichos presidenciales.

En democracia, tener el poder no da derecho a todo. El verdadero poder consiste en saber comportarse cuando se lo ostenta.

*Martha Elena Pinto de De Hart www.fundacionoarticipar.com