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Los Therians: De tribus urbanas a identidades digitales

El fenómeno Therian, donde jóvenes se identifican emocionalmente con animales, refleja una desconexión social en busca de aceptación. Las redes sociales amplifican estas tendencias, alertando sobre la necesidad de recuperar vínculos y valores familiares para guiar a las nuevas generaciones.

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El fenómeno Therian, donde jóvenes se identifican emocionalmente con animales, refleja una desconexión social en busca de aceptación. Las redes sociales amplifican estas tendencias, alertando sobre la necesidad de recuperar vínculos y valores familiares para guiar a las nuevas generaciones.

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Por: Ramiro Gutiérrez P.

Algo está pasando con nuestra sociedad cuando un adolescente siente que, para pertenecer, necesita identificarse como un animal.

En redes sociales ha tomado fuerza el término Therian. Se trata de personas que afirman identificarse con un animal a nivel emocional o simbólico. No dicen que físicamente lo sean, pero sí aseguran que su identidad está ligada a otra especie distinta a la humana. Más allá de la definición, el fenómeno debería preocuparnos.

Hace algunos años existían tribus urbanas: emos, punkeros, metaleros, candys. Eran modas, estilos de vestir, formas de escuchar música y de ver el mundo. Podían incomodar a algunos adultos, pero no implicaban negar lo que somos. Seguían siendo jóvenes buscando identidad dentro de su condición humana. Había rebeldía, sí, pero no ruptura con la realidad básica de nuestra naturaleza.

Hoy el escenario es distinto. Vivimos en la era de la hiperconexión, pero también del aislamiento. Jóvenes que pasan horas frente a una pantalla buscando validación. Algoritmos que premian lo llamativo, lo extraño y lo que genera reacción inmediata. En ese ambiente, cualquier tendencia puede crecer sin filtros ni contexto. Y en medio de esa necesidad de ser aceptados, empiezan a aparecer movimientos donde algunos jóvenes dicen sentirse parte de otra especie.

Un adolescente puede hacerlo por moda, por presión social o por el simple deseo de pertenecer a un grupo. La adolescencia, al fin y al cabo, es una etapa de búsqueda. Pero cuando un adulto sostiene una identidad desligada de su condición humana, la cosa es distinta. Allí ya no estamos frente a una tendencia cultural pasajera, sino ante posibles situaciones psicológicas que merecen atención profesional seria, no aplausos digitales ni validación automática.

Hace pocos días ocurrió un hecho bastante preocupante. En Buenos Aires, Argentina, un integrante de la agrupación Morat fue atacado por una joven que se identificaba como therian a la salida de un evento. Mientras los músicos saludaban a sus seguidores, la mujer se abalanzó de manera repentina sobre uno de ellos. La rápida intervención del equipo de seguridad evitó consecuencias mayores.

No se trata de señalar que un movimiento específico sea responsable de un caso aislado. Se trata de reconocer que estamos viviendo una época donde la intensidad emocional, amplificada por redes sociales, puede llevar a comportamientos extremos. La línea entre admiración, obsesión y desconexión de la realidad se vuelve cada vez más delgada cuando todo se valida en una pantalla.

El problema no es la diversidad. La humanidad siempre ha sido diversa. El problema es la desconexión: desconexión familiar, desconexión emocional, desconexión de límites y de referentes claros.

Si no recuperamos el diálogo en la casa, la presencia real de los padres y la formación en criterio, seguiremos viendo cómo las pantallas educan más que la familia y cómo los algoritmos influyen más que los valores.

Porque cuando un joven siente que necesita dejar de ser humano para sentirse aceptado, no estamos frente a una simple moda digital. Estamos frente a una señal de alarma que no podemos seguir pasando por alto.