Peligrosa y pesada herencia con los hipopótamos de Pablo Escobar
Resumen
Los hipopótamos introducidos por Pablo Escobar ya representan una amenaza ecológica, de seguridad y salud ambiental en el Magdalena Medio.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
Colombia no enfrenta sólo una plaga biológica. Enfrenta una herencia del narco que convirtió un capricho privado en una amenaza pública y que hoy obliga al Estado a corregir una irresponsabilidad histórica.
Los hipopótamos traídos por Pablo Escobar dejaron de ser una rareza turística para convertirse en un problema de seguridad, biodiversidad y salud ambiental que se ha regado por todo el Magdalena Medio.
La discusión no gira ya sobre simpatías ni sobre la imagen carismática que algunos atribuyen a estos animales. Gira sobre hechos. La especie creció sin freno, ocupa el Magdalena Medio, altera el agua, desplaza fauna nativa y expone a pescadores y habitantes a enormes riesgos.
Cuando una especie exótica invade un ecosistema sin depredadores naturales, el romanticismo sobra y la política pública debe responder con criterio técnico, acciones contundentes y dejar de lado las trabas burocráticas, por presuntos intereses económicos.
El Gobierno colombiano acertó al entender que el país no puede aceptar más aplazamientos. También acierta al abrir la puerta a la traslocación, siempre que exista una real cabida y se cuente con permisos, capacidad logística y garantías de bienestar.
Pero sería ingenuo convertir esa opción en una salvación inmediata. Los trámites internacionales son lentos, costosos y estrictos. La voluntad privada no sustituye la autorización estatal ni resuelve por sí sola un problema que ya desbordó la paciencia institucional.
Por eso la eutanasia de una parte de la manada aparece como una medida dura, sí, pero coherente con la magnitud del daño. No se trata de castigar animales, sino de frenar una expansión que compromete especies como el manatí y la tortuga de río, además de alterar el equilibrio de los humedales. La crueldad, en este caso, no consiste en actuar. La crueldad ha sido dejar que el problema crezca.
También resulta necesario decir que la discusión ética no puede separarse de la responsabilidad pública colectiva. Quien introdujo estos animales en Colombia jamás pensó en las consecuencias ecológicas.
Esa peligrosa y pesada herencia con los hipopótamos de Escobar puso al país, a enfrentar esas consecuencias sin preparación alguna, sin tener personas con el conocimiento para actuar ante la sobrepoblación de la manada, y cada día de demora, multiplica el costo y agrava el daño.
Colombia necesita una decisión definitiva, no un debate infinito. La única postura responsable consiste en proteger el ecosistema, blindar a las comunidades y evitar que esta especie invasora avance sobre el territorio. El Estado colombiano tampoco puede tratar este peligroso legado del narcotráfico con sentimentalismos o plazos incoherentes.
El mal ya está hecho y Colombia debe asumir que el verdadero interés público está del lado de la vida nativa y del orden ambiental. El país tampoco puede caer en la trampa del sentimentalismo selectivo. Defender animales no implica ignorar comunidades ni ecosistemas.