Polarización y abstencionismo: las graves fracturas de la democracia para Santander fueron desnudadas en la UNAB
En el auditorio de la Universidad Autónoma de Bucaramanga no hubo espacio para la indiferencia. Cada asiento ocupado, cada cuaderno abierto, cada mirada fija en el escenario parecía formar parte de una escena mayor: un país que intenta entenderse a sí mismo mientras la palabra “democracia” deja de ser un concepto cómodo y empieza a sentirse como un terreno en disputa.
Por Camilo Ernesto Silvera Rueda - Redacción Política / EL FRENTE
Este miércoles 8 de abril, la academia se convirtió en una sala de diagnóstico colectivo. La campaña nacional “Cuidar la democracia”, impulsada por once universidades privadas junto a empresas y organizaciones sociales, aterrizó en Santander con una pregunta que no admite evasivas: ¿quién está sosteniendo realmente la democracia colombiana?
La jornada no se limitó a exponer cifras. Fue un ejercicio de traducción de datos en preocupaciones, percepciones en alertas, y experiencias individuales en una narrativa común. Porque si algo quedó claro desde el inicio, es que la democracia no se está debilitando en silencio; lo está haciendo frente a los ojos de una ciudadanía que, aunque inquieta, aún no termina de asumirse como protagonista.
La utopía: una ciudadanía activa
El rector Juan Camilo Montoya fue uno de los primeros en tomar la palabra, y lo hizo con una mezcla de claridad y urgencia. No habló desde la comodidad institucional, sino desde la conciencia de que el momento exige más que discursos formales. Explicó que el encuentro formaba parte de un esfuerzo nacional por detenerse a pensar, algo que en medio del vértigo político parece casi un lujo.
Detrás de esa pausa había un insumo contundente: una encuesta nacional construida con rigor metodológico, capaz de capturar el pulso emocional y político del país. Los resultados, lejos de tranquilizar, dibujan un panorama inquietante. La percepción mayoritaria es que la democracia está perdiendo fuerza, como una estructura que sigue en pie, pero cuyos cimientos empiezan a mostrar fisuras.
Montoya desglosó esas preocupaciones con precisión. La corrupción aparece como una sombra persistente, una especie de ruido de fondo que contamina la confianza. La desigualdad, por su parte, se siente como una deuda histórica que erosiona la legitimidad del sistema. Y, quizás más grave aún, emerge una sensación extendida de que la política no escucha, de que las decisiones se toman en una esfera distante, ajena a la vida cotidiana de los ciudadanos.
Pero su mensaje no se quedó en la descripción del problema. Insistió en algo que atravesó todo el encuentro como un hilo conductor: la democracia no es un mecanismo automático. No funciona por inercia. Requiere ciudadanos que participen, que se informen, que cuestionen y, sobre todo, que eviten alimentar la polarización que hoy fragmenta el debate público.
En ese punto, el rector trazó una imagen poderosa. La democracia, dijo en esencia, no es un edificio terminado, sino una obra en construcción permanente. Y en esa obra, cada ciudadano tiene una herramienta en la mano, aunque a veces no sea consciente de ello.

La democracia somos todos
El análisis tomó un giro más técnico, pero no menos revelador, con la intervención del profesor Adolfo Eslava Gómez. Su voz introdujo los datos como si fueran piezas de un rompecabezas que, al ensamblarse, dejan ver algo más grande que la suma de sus partes.
La encuesta, aplicada a 1.700 personas en todo el país con el respaldo metodológico de Invamer, permitió capturar no solo opiniones, sino también intuiciones colectivas. Y una de las primeras preguntas resultó ser, paradójicamente, la más reveladora: ¿qué piensa usted cuando escucha la palabra democracia?
Las respuestas no hablaron de instituciones, ni de procedimientos, ni de tecnicismos. Hablaron de valores. Libertad, igualdad, justicia, derechos. Conceptos que no se archivan en leyes, sino que se viven o se pierden en la cotidianidad.
Eslava interpretó este hallazgo como una señal de madurez ciudadana. La gente entiende que la democracia no es solo votar, sino el marco que define las condiciones mismas de la vida. Es, en cierto sentido, el clima donde crecen o se marchitan las oportunidades.
Sin embargo, el análisis no tardó en mostrar su otra cara. Cuando se pregunta quién es responsable de cuidar la democracia, la mayoría de las respuestas apunta hacia las instituciones: el Gobierno nacional, el Congreso, las cortes. Es decir, el poder público en sus distintas formas.
Ahí surge la grieta. Porque si bien esas instituciones tienen un rol fundamental, la delegación total de la responsabilidad deja a la ciudadanía en un papel secundario, casi decorativo. Y es precisamente esa percepción la que, según el académico, debe transformarse.
Su intervención giró entonces hacia una invitación directa, casi incómoda: asumir que el cuidado de la democracia también ocurre en lo cotidiano. En la conversación en casa, en el debate con amigos, en la forma en que se consume y se comparte información. Porque reducir la democracia al momento electoral es, en el fondo, empobrecerla.
El auditorio escuchaba en silencio, como si cada idea fuera una pieza que encajaba en un rompecabezas personal. La democracia dejaba de ser una palabra abstracta y empezaba a adquirir peso específico.
Polarización y abstención: los cánceres de la democracia
La conversación alcanzó uno de sus puntos más densos con la intervención de la profesora Joana Rodríguez, quien abordó un triángulo conceptual que parece definir el momento político del país: democracia, polarización y abstención.
Su explicación no buscó simplificar, porque el fenómeno tampoco lo permite. Describió la democracia como un sistema que, en esencia, se sostiene sobre el reconocimiento del otro. Un espacio donde las diferencias no solo son inevitables, sino necesarias. Sin embargo, advirtió que la polarización introduce una lógica distinta: convierte las diferencias en barreras, y las ideas en trincheras.
Cuando eso ocurre, el diálogo se rompe. Y sin diálogo, la democracia pierde uno de sus pilares fundamentales. Rodríguez fue enfática en señalar que la polarización no solo divide opiniones, sino que fragmenta la posibilidad misma de construir consensos.
En el contexto colombiano, esa polarización está atravesada por una historia de violencia que amplifica sus efectos. No se trata solo de desacuerdos ideológicos, sino de tensiones que, en determinados escenarios, pueden escalar hacia confrontaciones más profundas.
Pero su análisis introdujo una capa adicional de complejidad. A pesar de sus efectos negativos, la polarización ha tenido un impacto inesperado: ha movilizado a la ciudadanía. En las últimas elecciones, explicó, se registraron niveles de participación más altos de lo habitual. Como si el temor a perder frente al adversario hubiera despertado un interés renovado por el voto.
Esa dinámica revela una contradicción fascinante. La polarización debilita el diálogo, pero activa la participación. El problema es que esa participación no siempre nace de la convicción, sino del rechazo. Y una democracia sostenida en el miedo al otro es, en sí misma, una democracia frágil.
En paralelo, el abstencionismo sigue siendo una sombra persistente. Durante años, grandes sectores de la población han optado por no participar en los procesos electorales, ya sea por apatía, desconfianza o desconexión. Rodríguez interpretó este fenómeno como un síntoma de algo más profundo: la sensación de que la política no incide en la vida real.
Frente a ese panorama, el encuentro académico adquiere un valor particular. No como solución definitiva, sino como punto de partida. Un espacio donde se intenta reconstruir algo tan básico como la conversación.
Y es que, al final, una de las ideas más potentes que emergió del evento no fue una cifra ni un concepto técnico, sino una especie de acuerdo mínimo: aceptar el desacuerdo. Reconocer que no todas las diferencias se resolverán, pero que eso no debería traducirse en ruptura o violencia.
La democracia, en esa lectura, aparece como un ejercicio de resistencia cotidiana. Una práctica que exige paciencia, escucha y, en muchos casos, la capacidad de convivir con la incomodidad. Mientras el encuentro llegaba a su cierre, quedaba flotando una sensación difícil de ignorar. La democracia colombiana no está en ruinas, pero tampoco está a salvo. Se encuentra en un punto intermedio, como un puente que sigue en pie, pero que necesita mantenimiento constante para no colapsar.
En Santander, al menos por unas horas, ese mantenimiento tomó la forma de palabras, ideas y preguntas. Y aunque no hubo respuestas definitivas, sí quedó algo claro: cuidar la democracia no es una tarea que pueda aplazarse. Porque, al final, no se trata de un concepto lejano, sino del terreno mismo donde se juega la vida en común.
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