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Reminiscencias del pasado

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Resumen

El autor reflexiona sobre cómo la juventud anhela liberalidad y experiencias europeas, rechazando las tradiciones colombianas. Aviso que la vida suele frustrar estos ideales, concluyendo que es crucial abrazar nuestras raíces y experiencias, y valorar nuestra identidad.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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Por: Edgar Julián Muñoz González

En mis años más jóvenes, aun desconociendo el significado de la palabra “ungüento”, solía imaginar mi futuro casado y con una familia. Esta tendencia se arraigó gracias a mi formación religiosa, de orientación jesuita, que limitaba mi perspectiva. A pesar de los impulsos animales presentes, mi mente no estaba preparada para asimilar esa información. Esos días, escribir sobre el sexo se volvió una obsesión, como si explorarlo fuera un territorio desconocido.

Con el tiempo, la sociedad estaba más dispuesta a discutir abiertamente sobre estos temas. Los columnistas sin inhibiciones llenaban los medios con relatos íntimos, como si fueran obras de arte originales. La revuelta juvenil hablaba de aquellas revistas como si se tratara de la biblia traducida por Lutero y, por evitar compromisos, lo convertimos en una competencia de quien podía ser más liberal, centrando nuestras vidas en la búsqueda del placer.

Sin decirlo, deseábamos ser más europeos y añorábamos que nuestro país se asemejara más a Holanda y a otras naciones de la región. Anhelábamos viajar para “culturizarnos”, en un afán por dejar atrás nuestras raíces y sentirnos parte de otras. Traicionamos a nuestros progenitores acusándolos de anticuados, villanos e ignorantes, solo porque dudábamos de su capacidad para entender aquel ímpetu. Sin embargo, la vida nos juzgó como piedras y la omnipotencia juvenil cayó como las flores de un Guayacán, dejando espacio para la frustración.

Descubrimos que la ilusión de la liberalidad contrastaba fuertemente con la realidad. Nos volvimos insoportables para quienes nos precedieron y para los que vinieron después. Nos creímos, y aún creemos, que, si lo deseábamos con todas nuestras fuerzas, el universo conspiraría a nuestro favor. Nada podría contener ese deseo más que la mediocridad por no apadrinar la idea. Si antes nuestro espíritu era como la mantequilla refrigerada, la frustración era el espíritu derretido. Y así es más fácil esparcirlo.

No obstante, nadie escribía sobre esas frustraciones tratando de mantener el dinero, la fama y el sexo como la mayor recompensa. Buscaban llenar el vacío haciendo cosas que nunca imaginaron hacer y que luego de unos ahorros y algo de valentía, lograron satisfacer convencidos de que eran parte de aquella liberalidad “original” propia de su generación. Y podías ver al otrora nerdo o nerda de tu clase llenos de tatuajes; al que usaba la camiseta por dentro y mocasines, ahora con el pelo largo y barba despoblada; al buen amigo y compañero, convencido del poder de la atracción y las energías, alejando a todos los que no le aportaran nada de valor a su vida por no pensar como él o ella.

Comenzamos a hablar de política sin entender que se llama República a un sistema en el imperio de la ley y la igualdad ante la misma. Que son un conjunto de leyes que rigen a la totalidad de la población por igual y sin ningún tipo de distinciones, pero que nadie cumple. La derrota fue inevitable. No alcanzamos lo que soñábamos y, al seguir ideas ciegas, descubrimos que no hay mejor lugar que nuestro hogar, Colombia, con todos sus defectos. Pasamos la mitad de nuestra vida consciente, perdidos en la manipulación colectiva de una realidad sin recompensa. Somos de todas partes, como la canción de Drexler, pero es hora de ser nosotros mismos.

En este camino, aprendí que las experiencias desafiantes de la juventud y las decepciones posteriores son cruciales para la formación de nuestra identidad. La autenticidad y la conexión con nuestras raíces, a pesar de las desilusiones, revelan una verdad esencial: no hay mejor lugar que casa, y nuestra verdadera identidad es ser colombianos. Es hora de dejar atrás las quimeras, abrazar nuestras vivencias, y rechazar las expectativas externas. En esta búsqueda, nos convertimos en los narradores de nuestra historia, llevando con orgullo la riqueza de ser parte de este país único.

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