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Tiene metido el diablo

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Resumen

El autor rememora a un antiguo amigo de su juventud, conocido por su mala suerte y comportamiento imprudente. A pesar de sus continuos desastres, su sueño era llegar a ser periodista y creo que resultaría en publicaciones humorísticas y singulares.

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Por: José Oscar Fajardo

Yo tenía un amigo en los tiempos del bachillerato que tenía metido el diablo. Por lo menos eso afirmaba su mamá, porque a ese muchacho le sucedían las cosas más singulares del mundo. Ese hombre tiene a Lucifer ensartado en todo el centro del alma, repetía su progenitora con frecuencia, y no era porque no lo amara de verdad como a un hijo de sus entrañas, sino porque en realidad a este verraco le ocurrían vainas que solo a él le ocurrían.

Claro que también la señora gozaba de muy buen humor y, le encantaba mamarle gallo al muchacho que tenía una personalidad aproximadamente díscola. Mi hijo es atembado de nacimiento y burro de profesión, solía decirle en la cara, y soltaba la carcajada.

En Bogotá, en un solo día se estrelló tres veces. Una sacando el carro de la casa. En la segunda, se estrelló contra una zorra de mula a dos cuadras de la casa. Y la tercera, en la noche, tumbó el portón del garaje entrando a la casa. Esa misma noche fue declarado campeón mundial de bestialidades.

Conduciendo en Bogotá su Land Rover, hizo el pare que le correspondía en un semáforo. Cuando arrancó con la luz verde, se quedó con la palanca de los cambios en la mano porque esta se le partió de raíz. Una vez afeitándose, no lo cree ni san Martín de Porres, se cortó un brazo.  Ni él mismo pudo explicar, cómo carajos le ocurrió.

Una noche en una cantina de Barbosa, pidió un trago doble de aguardiente mientras esperaba la novia, y después que se lo mandó, de un solo jalón como se toma el primer trago, se dio cuenta que era de varsol. No le pasó nada en su organismo, pero quedó oliendo como dos meses a vestido de paño.

Una tarde compró un cigarrillo en una tienda y lo encendió ahí mismo con un fósforo que le dio la tendera; unos minutos después, todos se dieron cuenta que le había metido candela a la falda de una señora campesina que estaba acurrucada escogiendo unas papas. Todo el mundo se moría de la risa de las cosas increíbles que le pasaban a Danilo Merardo. Para completar con ese nombrecito revuelto de caballo y bobo.

Doña Ercilia, su mamá, siempre le decía: mijito, usted tiene que tener mucho cuidado al pasar las calles no vaya y sea que lo mate un carro con la llanta de repuesto. La señora soltaba suculentas carcajadas y él, mi amigo el güevón, no se le quedaba atrás como si eso que le ocurría fuera un éxito en la vida.

Pero sorpréndanse que el mayor deseo de este amigo, cuando ya hubiese llegado a una edad prudente, era estudiar periodismo para luego meterse de columnista de ET, o de El Despertador, o de una revista de tirada nacional especializada en publicar artículos exquisitamente coprológicos, taqueados de mentiras, calumnias y barrabasadas, de tal manera que el mismo Barrabás se emputara con ellos y los cogiera a puro rejo por ese culo pelado como a los burros viejos porque, es que a estos desvergonzados gacetilleros, tan de baja prosapia profesional y maloliente ética periodística, ya no vale la pena ni demandarlos por injuria y calumnia. De pronto, y si acaso quitan de ahí a la fresca Fiscal General, les cabría una demanda por intento de sospecha, pero yo no creo que fructifique.

Como el tipo era un poco alto y hasta, no simpático sino bien presentado, entonces meterse de director de un noticiero de Tv de una cadena de cubrimiento nacional, para que, no sólo en el territorio nacional, sino en todos los rincones del mundo, supieran que en Colombia no tienen importancia Rodolfo Llinás, ni García Márquez, ni Fernando Botero, entre tantos, sino los más acrisolados columnistas de, “El Manicomio más grande del mundo”, como Burroconsueño, Barriguesapo, Coñoñoca, Misifú Casarratones, Pichirilo, Patiliso, Bombeyuca, Matasiete y Cancharalas, eso sí pa’qué, lo más granado del periodismo y la intelectualidad, y lo más adamantino de la verdad, la decencia y la pulcritud. Eso sí pa’qué.

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