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Turismo de Semana Santa en Santander pasado por agua

Las lluvias agravaron la fragilidad vial en Santander y afectaron la movilidad, el turismo y la economía local durante Semana Santa.

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Turismo de Semana Santa en Santander pasado por agua
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Para todos, conocedores y profanos, esta temporada del año es de lluvias intensas, intempestivas y dañinas y Santander volvió a sufrir, justo en el inicio de la Semana Santa, el rigor de un invierno extremadamente fuerte que ha causado graves daños en varios puntos del departamento.

Las lluvias, los deslizamientos y las crecientes súbitas dejan al departamento con carreteras frágiles, viajeros expuestos y municipios enteros sometidos a una movilidad precaria.

Cuando una región depende de corredores vitales y de alta circulación como como Bucaramanga-Bogotá, Rionegro–Bucaramanga, Lebrija–Barrancabermeja, Zapatoca y San Vicente de Chucurí, cada derrumbe revela más que un problema climático, muestra una deuda histórica de prevención, mantenimiento y reacción oportuna.

El mapa de afectaciones habla con crudeza. Se producen calamidades por deslizamientos en Lebrija, caída de banca en tramos hacia Zapatoca, incomunicación rural en sectores de la Provincia de Soto Norte y vigilancia sobre puntos críticos de Rionegro y Santa Helena del Opón.

A eso se suman las alertas rojas en Betulia, Encino y Carmen de Chucurí, junto con la amenaza sobre los ríos Carare, Opón, Lebrija y Sogamoso. No se trata de incidentes aislados. Se trata de una red vial que, frente a la lluvia, pierde estabilidad y deja al descubierto su fragilidad estructural.

La consecuencia inmediata recae sobre la gente. El campesino que no saca su cosecha, el transportador que asume mayores costos, la familia que cancela su viaje y el turista que evita un destino donde la carretera inspira más temor que confianza.

En temporada alta, el turismo de Semana Santa, en Santander, está  pasado por agua. La parálisis no sólo frena el tránsito, golpea la ocupación hotelera, reduce el consumo local y debilita la imagen de un territorio que intenta venderse como destino seguro.

Ninguna estrategia turística resiste si el acceso se rompe con cada aguacero. Las autoridades tienen la obligación de actuar con método y no con discursos. Alertar no basta. Señalizar no basta.

Cerrar una vía tampoco resuelve por sí sólo el problema si detrás no existe una intervención seria sobre taludes, drenajes, alcantarillas, puntos de escorrentía y obras de contención.

Santander necesita inventario preciso de riesgos, mantenimiento preventivo continuo y recursos oportunos para zonas donde el terreno ya mostró su inestabilidad. La emergencia no puede administrarse desde la improvisación ni desde el conteo de daños posteriores.

Esta Semana Santa dejó una lección clara: la movilidad en Santander depende tanto del clima como de la capacidad institucional. Si el departamento aspira a sostener su actividad económica y turística, debe asumir que cada ladera inestable y cada vía sin protección constituyen una amenaza real para sostener y prosperar la economía.

La lluvia caerá siempre. La diferencia la marcan la preparación, logística y acción. Y en ese terreno, Santander aún debe mucho. Los planes de contingencia deben hacerse sobre el terreno, no en comunicados.