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Opinión

Vamos al parque

Un diálogo en un cementerio convierte a Lácides en una reflexión sobre la muerte, la memoria y el valor de las acciones que dejan huella en los vivos.

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Un diálogo en un cementerio convierte a Lácides en una reflexión sobre la muerte, la memoria y el valor de las acciones que dejan huella en los vivos.

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 —Estoy aburrido y un poco triste, jefe. He trabajado sin descanso y ni siquiera me has invitado a un raspado en el florido parque Romero —protestaba Lácides, el protagonista personificado de cuentos y novelas.

—De acuerdo —le dije—, caminaremos al parque y de paso recorremos los panteones del viejo parque cementerio para que puedas explorar tu imaginación y mejorar tus tonterías.

El aroma frío del cemento de los panteones erguidos entre jardines expedía extrañas sensaciones de paz y preguntas a Lácides. «¿Será que alboroto sus alucinaciones?», pensé.

—Si esto es un parque, ¿por qué la gente sale con los ojos irritados? —preguntó.

—Aquí es donde termina el cansancio de la vida e inicia el descanso eterno; Lácides, aquí llegamos todos después de todo.

 

El poeta Lácides tartamudeó; contuvo un estrafalario silencio mientras chismoseaba la inhumación de un hombre que alguna vez, de pronto, fue importante para sus vivos. Me preguntó: —¿Yo también moriré? —Primero yo —respondí. Lácides respondió un poco irritable porque visiblemente se sentía incómodo en ese lugar: —Si mueres, entonces, ¿quedaré desempleado?  —Lácides, tú eres mi mano derecha, mi tinta, parte de mis sueños y pesadillas; más pesadillas que sueños, pero, cuando yo muera, tomarás vida en las letras. Esto depende de las barbaridades que acostumbras a decir; de la combinación de tus alucinaciones y sabiduría para mostrarnos una realidad de cómo sobrevivir a las incoherencias de la existencia humana. Si muero y te portas bien, puedes inmortalizarte; puede suceder que aportes algo al mundo, a quienes se creen inmortales y por «descuido» actúan de mala fe y humillan por las desbordadas dimensiones de su ego. Tu universo es alucinante y con él puedes convertir al soberbio en sabio como un espejo de sabiduría que germine nobleza, más amor, gratitud, y así demostrar que en estas bóvedas solo hay espacio para las acciones. De ellas depende cómo quieres que te recuerden, para bien o para mal.

 

—Jefe, si muero, ¿me traerán aquí? —No, Lácides, tú eres un personaje diferente porque vives en la imaginación y seguramente muchos te recordarán por tus extravagantes tonterías; además, las letras estarán al alcance de muchas nuevas generaciones. ¡Tu cementerio es una biblioteca! ¡Te quedarás haciendo memoria!

 

—Jefe, ¿te extrañaré? —Posiblemente un par de días. La vida continúa y el tiempo será tu aliado para olvidarme; ya encontrarás otros libros para divertirte y, quizás, alguien reflexionará con tu conocimiento.

 

—Jefe, ¿puedo morirme contigo?  —¡No, Lácides! Ni se te ocurra pensarlo. Contrario a eso, me llevaré una parte tuya y te quedarás con el resto. Así honrarás mi memoria.

—Tengo miedo, jefe, no fue buena idea venir a este parque; vamos pronto, oscurece y podría enloquecer, siento temor de imaginarte entre esos ladrillos.

 

—Lácides, témeles a los vivos y a quienes creen que su ego no cabe en estos diminutos apartamentos. Aquí se quedan unos, y muchos de los que salen caminando, lamentablemente, se quedan con el remordimiento de cuánto pudieron hacer por sus muertitos en vida y no les alcanzó el tiempo.