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Resumen
Lácides descubre que el amor da sentido a sus noches, sus alucinaciones y su felicidad.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)Lácides entreabrió los ojos; estaba desorbitado, confundido; dudaba entre continuar somnoliento o levantarse de la cama. Sentía miedo de dormirse y de levantarse por el cóctel de barbitúricos que tomó contra el insomnio que lo persiguió hasta cerrar los ojos —en realidad, no alcanzó a dormirse—. El cóctel que ingirió para vencer el insomnio le jugó una mala pasada porque esta vez, como siempre, aparecieron sus alucinaciones por alcanzar la felicidad absoluta; la misma que otros rebuscan en las tiendas, centros comerciales o por donde se mueva el dinero para adquirir el confort material, creyendo que ese es el verdadero amor y, de paso, la paz del alma.
La paz, el amor, la felicidad, la gratitud, la lealtad y las buenas acciones son lo más económico que Lácides puede adquirir con sabiduría, dice el poeta; agrega que, gracias a la pequeña estatura de sus finanzas puede derrochar el poco dinero que le queda en café y sueños. El café le regala amigos, de los mejores, y así olvida las compras que creía necesarias para el confort de su alma.
Despierto a las tres de la mañana, la luna se convirtió en el sol de la noche por su brillo. Cada vez que Lácides soñaba despierto o alucinaba, sus amigos se burlaban de la magnitud de su imaginación siempre que pensaba en su bonita. «Según el psiquiatra, las alucinaciones de Lácides deberían contagiarse universalmente», porque si los seres humanos creyeran en el amor como él, se beneficiarían: el verdadero amor protege, sana y crea un cielo brillante de día y de noche, con estrellas que refuerzan la luz del corazoncito, destellan en el pecho y crean ilusiones. «La vida pasa más rápido que el tiempo y el amor ralentiza el reloj».
En ese momento, al despertar a las tres de la madrugada, casualmente recibió una llamada de un número desconocido. Al responder, solo escuchó el silencio de la voz del amor, de esa bonita mujer que también se despierta a la misma hora a rogarle a Dios que le dé el valor de hablar. Sostiene Lácides que el timbre de la voz del amor se escucha y se interpreta en todas las frecuencias, y esto no es cuestión de electrónica: simplemente es el mismo amor que se manifiesta bajo los párpados, se conecta al alma y del alma al corazón.
De un brinco, Lácides salió de la cama y leyó meticulosamente las fotos de su bonita guardadas en el computador. Entendió que cada imagen es una «cartelera de cine», porque cada foto lo lleva a rebobinar la película que los condujo a inmortalizar ese instante.
Lácides amaneció sobrio o alucinante, ¡muy feliz! Entendió que los asuntos del amor hay que dejarlos en manos del amor, no en suposiciones y mucho menos en manos de quienes lo ignoran, lo desconocen y, además, les produce envidia.
Ahora, el poeta despierta todos los días a las tres de la mañana a esperar la llamada de la luna.