1º de mayo: Triunfos de papel
Resumen
La jornada laboral ya no termina: la hiperconexión y la presión constante borran la frontera entre trabajo y vida.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)Por: Rodrigo González Márquez*
A mediados del Siglo XIX la consigna era clara: 8 horas para el trabajo, 8 horas para el sueño y 8 horas para la casa. Una especie de justicia aritmética con una balanza tripartita donde la base era sencilla, noble y atemporal: no se vive para trabajar, se trabaja para vivir. Unas décadas después, el número 8 salió a relucir, pero como ejemplo de vergüenza mundial e histórica: 3 líderes privados de la libertad y 5 condenados a muerte, los recordados el 1º de mayo de cada año, día internacional de las y los trabajadores, como “los mártires de Chicago”.
La lucha por los derechos en los contextos laborales es de nunca acabar; sus logros en materia normativa han sido progresivos, casi siempre paquidérmicos y muy costosos (incluso en vidas y libertades individuales). Logros admirables desde todo punto de vista, pero al final, solo han sido eso, logros normativos; camisas de fuerza legales a las que empresas, entidades, y patrones deben ajustarse y cumplir por temor a sanciones y procesos. La norma encarna el espíritu de las buenas costumbres, el principio de justedad, y la intención de gestar una comunidad más llevadera; esa norma “tranquiliza”, la realidad no obedece.
Al menos en nuestro país, se sufre una especie de “fetichismo legal” en el que la creación de una norma calma ánimos; es como si el legislador tuviese la varita de Próspero…ya Shakespeare nos mostró en que terminó el asunto. Se crea un espejismo de satisfacción en el que ingenuamente echa raíces una fe irracional: una ley de cadena perpetua a determinadas acciones hace pensar que nunca más se presentará dicho delito. Es tan ingenuo como pensar que un candidato o una candidata tiene todas las cualidades individuales para llegar a ordenar el país en cuanto porte la famosa banda tricolor el 20 de julio. Una cosa es la norma, otra la realidad. Pero esa realidad se torna pesada e incluso más injusta cuando es la misma comunidad “gozosa” del derecho la que incumple la consigna.
Hoy, Colombia esta ad portas de implementar un máximo de 42 horas laborales a la semana, definitivamente la norma triunfa, pero en el papel; en la práctica, la jornada nunca termina; hiper conectividad, mil correos electrónicos, grupos de WhatsApp, plataformas que cuentan los días y las horas en las que se debe responder una solicitud o un derecho de petición; ni que hablar de escenarios de una acción constitucional con fallo de respuesta inmediata. La jornada ya no termina, solo cambia de pantalla. En el caso de quienes valientemente crean empresas, el aturdimiento de las obligaciones, salarios por pagar, impuestos que cortan la respiración, implementación de seguridad y salud en el trabajo, hacen que la “libertad” que buscaban, sea realmente una cárcel psíquica constante con el afán de producción como guardias perennes.
Si de respetar la consigna vive la lucha, es nuestro deber romper la varita de próspero. La libertad es efímera si solo depende de la norma; la humanización del trabajo esta diluida, casi invisible. Hay que apostarle a que la hiper conexión no dé lugar a abusos. Que la “autonomía” que “salvaguardan” los contratos de prestación de servicios no sea una excusa para la atemporalidad de atención y disposición que exige el contratante (especialmente cuando es el Estado). Que la asfixia del empresariado tenga oxígeno gubernamental.
Que la comunidad trabajadora deje de ser un dato en medio de la gobernanza del algoritmo. La frontera entre el oficio y la vida es ética y necesaria. De lo contrario, seguiremos celebrando triunfos de papel, mientras persistimos, silenciosamente, en una jornada sin fin.
* Exdefensor Regional para Santander y Magdalena Medio. Docente y Consultor en manejo de conflictos X: @rodrygonzalezma