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Resumen
Jesús es presentado como abogado de quienes lo reciben y creen en su nombre, es decir, de sus hijos.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)Por: Cesar David Gordillo
A lo largo de la biblia se presenta a Jesús como carpintero, maestro, constructor, médico o sanador, pero hay una profesión con la que me identifico por cuanto la vivo y ejerzo.
Respecto a esta profesión, la biblia en su versión Reina Valera, en 1 Juan 2 señala: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.”
Socialmente, la palabra abogado se refiere no solo al profesional del derecho, también a quien aboga por alguien, en el sentido de interceder por otra persona o hablar por otro. Todos en algún momento de la vida hemos sido abogados, sin que ello implique haber asistido a la Universidad y haber recibido el título de dicha profesión.
Una madre aboga por su hija; un amigo por otro; un maestro por su estudiante; un jefe por un empleado, etc. Por ello, es increíble que Jesús también abogue por nosotros ante el padre, cuando pecamos, siendo sus hijos.
Para poder abogar por otro en el ejercicio de la profesión de abogado, se requieren dos elementos, un poder y un contrato. El poder es aquel que nos da las facultades para representar a alguien, nos indica el ¿para qué?, por ejemplo: “para representar en una audiencia de conciliación o proceso judicial”; mientras que el contrato, es el documento privado en el que se pactan las condiciones en las que se va a ejercer el poder, por ejemplo: Los honorarios y las obligaciones de las partes.
Aunque podemos llegar a ser abogados de una persona por otras vías (amparo de pobreza), no pretendo hacer una columna jurídica, pues la intención es dar a conocer la importancia de que seamos hijos para que Jesús sea nuestro abogado.
Es preciso aclarar, según el versículo bíblico (1 Juan 2), que Jesús no aboga por todos, solo por sus hijos, razón por la cual es determinante que sepamos quienes son considerados como tales. Al respecto Juan 1:11-12 señala: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.”
Todos somos creación divina y por ello somos suyos, pero no todos le reciben, por cuanto él nos hizo libres para tomar la decisión de hacerlo o no. Dios nos ha dado libre albedrío, pues no desea que seamos sus esclavos. Entonces ¿quiénes son los hijos?: El versículo es claro (Juan 1:11-12), los que lo reciben y los que creen en su nombre.
Recibir y creer, se relaciona íntimamente con la fe y para esto se requiere una relación personal, ya que no se llega a creer, basados en las experiencias de los demás. Yo creo, no solo por lo que leo en la biblia o escucho en la iglesia; creo por lo que ha pasado con mi vida, a pesar de que este camino, no sea fácil.
Las personas piensan que uno recibe a Dios y cree en él, y con un chasquido de dedos, te volviste don o doña perfecta; recibirle y creer es tan solo el primer paso para ser llamados hijos. A partir de ese momento, tenemos la obligación de: comportarnos como le agrada a él; seguir sus pasos; vivir en él o de manera consecuente.
Firmar el poder y el contrato, no es garantía de haber ganado el caso, pero nos da la certeza de que tenemos abogado, lo cual también ocurre cuando recibimos y creemos en Jesús.