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De corridas, galleras y pasiones

Defiende que, más allá del debate moral, la libertad también implica respetar tradiciones y pasiones que otros valoran, aunque no se compartan.

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Nunca fui el más taurino. Nunca memoricé ganaderías. Tampoco discutí si El Juli era mejor que José Tomás. Nunca aprendí a distinguir un natural de un derechazo. Pero siempre me detuve cuando sonaba un pasodoble. Recuerdo a Gitanillo de América, al gran César Rincón, a Enrique Ponce. Siempre sentí un vacío extraño cuando veía abrirse la puerta de toriles. Hay cosas que uno no entiende. Las siente. Hoy, para muchos, eso es un pecado.

Por Edgar Julián Muñoz González

Vivimos convencidos de que toda tradición debe someterse al tribunal moral del presente. Como si el siglo XXI hubiera nacido con el monopolio de la compasión. Como si las generaciones anteriores hubieran vivido equivocadas y solo ahora hubiéramos aprendido cómo sentir. Evito debatir sobre tauromaquia. No porque falten argumentos, sino porque casi nunca se habla de ella. Se habla de sangre. De maltrato. De crueldad. Se repiten las mismas palabras hasta convertirlas en dogmas. Pero casi nadie habla de lo que produce. Del miedo. Del honor. De la aceptación del destino. Del hombre que sabe que puede morir delante de un animal que pesa quinientos kilos y, aun así, cruza la arena.

Uno de mis libros favoritos es ¿Llevarás luto por mí?, de Dominique Lapierre y Larry Collins. La historia de Manuel Benítez, "El Cordobés", me enseñó desde muy joven que el toreo nunca fue solamente una confrontación entre un hombre y un toro, sino una forma de desafiar el destino. Quizá por eso me estremece el video de Francisco Rivera Paquirri. Sale de la plaza después de la cornada de Avispado. Va perdiendo la vida por la femoral. Y, sin embargo, conserva su serenidad. Le explica al médico dónde entró el pitón. No grita. No maldice. No pregunta por qué a él. Simplemente acepta las consecuencias de la profesión que eligió. Hay algo divino en esa escena. Paquirri acepta morir. Eso siempre me ha conmovido más que cualquier discurso. Por eso admiro también al soldado, al astronauta o al explorador que entiende que puede no regresar.

Me gusta escuchar De purísima y oro, de Joaquín Sabina. Habla de una forma de entender la existencia. Hay canciones que solo comprenden quienes saben que las pasiones no siempre obedecen a la lógica. Todas estas historias tienen en común que celebran la belleza de quien conoce el riesgo y, aun así, decide seguir adelante. Colombia también tuvo esa tradición. Las plazas llenas. Las conversaciones familiares. Los domingos de feria. Los gallos. Los caballos. Las historias que pasaban de abuelos a nietos.

Hoy basta que una minoría conserve una costumbre para que una mayoría, ajena a ella, decida que debe desaparecer. No importa si jamás asistieron a una corrida o a una gallera. El veredicto ya está dictado. Y cuando una sociedad empieza a decidir qué recuerdos son aceptables y cuáles deben ser borrados, deja de proteger la cultura para empezar a administrarla.

La primera vez que hice el Camino de Santiago crucé Navarra durante San Fermín. Veía los encierros con mi papá. Quise correr. No lo hice. Preferí seguir caminando con mis amigos. Todavía me arrepiento. Quizá si me hubiera quedado jamás habría llegado a Muxía. Nunca lo sabré. La vida está hecha de decisiones incompatibles. También las tradiciones.

No pretendo convencer a nadie de amar la tauromaquia ni las peleas de gallos. Entiendo que haya quienes las rechacen. Lo que me preocupa es esta sociedad que ya no soporta que otros amen algo distinto.

Quizá algún día desaparezcan. Así ocurre con muchas tradiciones. Lo realmente preocupante no será su extinción, sino creer que quien aún los recuerda con afecto es, por esa sola razón, una peor persona. La libertad también consiste en respetar las pasiones y el folclore que otros aman, aunque otros jamás lleguen a comprenderlos.