El mundo de los grandes
La juventud busca pertenencia y adopta ideas, hábitos y banderas que parecen propias, pero muchas veces nacen de influencias externas.
La juventud busca pertenencia y adopta ideas, hábitos y banderas que parecen propias, pero muchas veces nacen de influencias externas.
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El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
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Comencé a fumar a los doce años. Nadie me obligó. Nadie me manipuló. Yo quise hacerlo. Quería parecerme a los grandes, sentir que ya pertenecía a ese mundo que observaba desde abajo y demostrarme que había dejado de ser un niño. Recuerdo incluso que me sentía bien. El cigarrillo sabía mal y tosí las primeras veces, pero eso era lo de menos. Lo importante era sostenerlo entre los dedos, expulsar el humo y sentirme parte de algo. A esa edad uno todavía no sabe quién es, pero ya comienza a escoger desesperadamente quién quiere ser. Por eso la juventud es una época maravillosa y peligrosa. Aparecen el sexo, la música, la religión, la política, el dinero, los libros y la necesidad de rebelarse. También aparece la necesidad de pertenecer.
Con los años entendí que aquel cigarrillo decía mucho de mí. Yo había tomado la decisión, pero no me la había inventado. Había visto fumar a otros, admiraba a quienes lo hacían y asociaba ese gesto con ser mayor. Así funcionan muchas decisiones humanas. Creemos que nacen dentro de nosotros cuando en realidad están rodeadas de ejemplos, símbolos, discursos y personas que admiramos. Eso no elimina nuestra responsabilidad. Al contrario, la confirma. Por eso entiendo cómo un joven puede terminar defendiendo una causa política, marchando por una bandera o incluso enrolándose en una guerrilla. No necesita ser un monstruo ni un ignorante. Basta con que encuentre un grupo que le entregue identidad, una explicación sencilla de sus problemas y un enemigo al cual culpar. Lo grave es cuando lo obligan a hacerlo.
La juventud ha sido el combustible de revoluciones, guerras y grandes transformaciones sociales porque conserva la capacidad de creer sin demasiadas reservas. Esa fuerza ha cambiado sociedades enteras, pero también ha servido para mandar generaciones completas a morir por ideas concebidas por otros. Durante décadas escuchamos hablar de lucha de clases, opresión, desigualdad y falta de oportunidades. Algunas de esas realidades existen y explican una parte de nuestra historia. El problema comienza cuando se convierten en un destino fijo. Decirle permanentemente a un joven que carece de oportunidades le enseña que su futuro depende de lo que alguien más decida darle. Allí comienza otra forma de sometimiento.
Hoy las causas tienen otros nombres. Medio ambiente, igualdad, identidad, justicia social, nacionalismo, libertad o cualquier bandera capaz de reunir una multitud. Ninguna merece obediencia ciega. Una idea deja de ser noble cuando necesita prohibir preguntas para sobrevivir. Tampoco basta con decir que alguien lucha por un mundo mejor. La historia está llena de personas convencidas de estar construyendo un mundo mejor mientras destruyen el de los demás. El verdadero despertar intelectual comienza cuando dejamos de preguntar solamente contra quién luchamos y empezamos a preguntarnos para qué lo hacemos.
A los doce años yo no me hice esa pregunta. Quería fumar y fumé. Quería parecerme a los grandes, a mi papá, aunque tuviera que esconderme de él, y durante un instante lo conseguí. Después descubrí que crecer era aprender a distinguir entre lo que realmente quería y aquello que había aprendido a querer mirando a los demás. Los jóvenes seguirán buscando causas. El peligro no está en desear cambiar el mundo sino en entregarles a otros el derecho de decidir cuál mundo merece ser destruido. Quizás madurar sea descubrir cuántas cosas que creíamos nuestras habían comenzado, mucho antes, en la cabeza de alguien más.