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De pan, salario y pertenencia

El salario paga la tarea, pero no garantiza pertenencia, sentido ni compromiso en el trabajo.

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De pan, salario y pertenencia
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El salario paga la tarea, pero no garantiza pertenencia, sentido ni compromiso en el trabajo.

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Me alegra volver a escribir sobre cosas alejadas de la política. Al menos hacerlo mientras pasa el estado de gracia de este gobierno. Cuando Petro llegó a la presidencia, era prudente observar antes que opinar. Esta pausa me tranquiliza. La política terminará por reclamar su pequeño espacio, pero no tiene por qué quedarse con todo.

Esta semana, por ejemplo, volví a sentir una vieja corazonada trabajando. Trabajar, aparte de cumplir tareas, asistir a reuniones, enviar informes y esperar la quincena, es también un espacio de regocijo y de liberación. Uno trabaja porque necesita pagar las cuentas. Negarlo sería una impostura. Pero llega un momento en que el salario explica por qué alguien ocupa un puesto, aunque no aclara por qué querría alguien seguir allí.

Entonces volví a Los hermanos Karamázov. En la conversación entre Iván y Aliosha, Iván relata la leyenda del Gran Inquisidor y recuerda las tres tentaciones de Cristo: la primera ofrece pan; la segunda, el milagro; la tercera, los reinos del mundo, es decir, el poder. Frente a ellas permanece la idea de que el hombre no puede reducirse a sus necesidades ni a su conveniencia. No solo de pan vive el hombre.

La frase suele repetirse en sermones, pero pocas veces en una oficina. Tal vez porque allí resulta fuera de contexto. El pan es el salario, y el salario importa. Sin él, toda discusión sobre vocación suena a consuelo barato. Pero, una vez asegurado, aparece otra necesidad, otra ansia: la de sentirse útil, apreciado y parte de algo que tenga sentido.

Las organizaciones tienden a olvidar esa segunda hambruna. Suponen que el contrato resolvió toda la relación y que pagar a tiempo basta para comprar entusiasmo, lealtad y silencio. No es suficiente. El dinero remunera una tarea; no garantiza pertenencia. Poca gente les habla a los empresarios de esto. Y, seamos sinceros, es muy difícil acercar la academia al poder en cualquier forma.

También volví a Taylor, a Fayol y a Maslow, quizá buscando en los manuales de administración lo que Dostoyevski había planteado en una escena religiosa. Taylor enseñó a medir el trabajo. Fayol ayudó a ordenar la empresa. Maslow recordó que, después de las necesidades básicas, aparecen la pertenencia, el reconocimiento y la realización. Cada uno miró una parte del problema, pero ninguno cabe completo en una presentación de Power Point.

Solemos decir que trabajamos por los hijos, los padres o incluso las mascotas. Y seguramente es verdad. Esos afectos nos levantan en los días difíciles. Sin embargo, no pueden justificarlo todo. Ninguna persona debería pasar buena parte de su vida en un lugar donde solo sirve para ejecutar, obedecer y cobrar. Necesitamos sentir que lo que hacemos conduce a alguna parte, aunque esa parte no sea grandiosa.

Toda organización necesita jerarquías, procedimientos y resultados. No toda frustración es una injusticia ni todo desacuerdo exige una renuncia. Pero el orden jamás debería confundirse con la anulación. Cumplir un deber tampoco significa cancelar la vida propia ni aceptar que la conveniencia sea el único criterio.

Como libre pensador, entiendo que la remuneración retribuye el valor que uno, como individuo, les genera a quienes están pagando con dinero. No obstante, las organizaciones tienen que saber que entrenar y mantener posiciones requieren de una inversión implícita que cuesta mucho en tiempo y financiación. Se debe hacer todo lo posible para evitar la deserción y la rotación de sus colaboradores.

A veces una empresa pierde a un buen trabajador mucho antes de que este entregue la carta. La nómina sigue pagándole, su correo continúa activo y su nombre permanece en el organigrama. Solo que, sin tener alguna sospecha, este ya se fue.