De postres, poder y decencia
La política no monopoliza la decencia: ni la izquierda ni la derecha justifican el robo.
La política no monopoliza la decencia: ni la izquierda ni la derecha justifican el robo.
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De niño, en Neptuno, el conjunto donde nací y viví durante más de treinta años, era común que las familias prepararan algo y enviaran a los hijos a venderlo de apartamento en apartamento. Mi mamá nos ayudaba a hacer unos postres de Choco Krispis acaramelados, parecidos a las barras de cereal. Salía con mis hermanos o con mis amigos del barrio y regresaba feliz con algunas monedas en el bolsillo.
Una tarde, lleno de orgullo, le conté a mi padre cuánto había ganado. Esperaba una felicitación. Se molestó. Me dijo que mi única obligación era estudiar. Si tanto me gustaba ganar plata, podía dedicarme a trabajar, pero él no tendría hijos que no fueran profesionales. Prácticamente me prohibió hacer negocios mientras fuera menor de edad.
Durante años aquella reacción me pareció exagerada. Después entendí que mi padre no despreciaba el trabajo ni el dinero. Era un hombre trabajador, de tendencia liberal, convencido de que la educación era la herencia más segura que podía dejarnos. Mi nona pensaba igual. No eran ricos, pero todos sus hijos se hicieron profesionales.
Lo curioso es que, según la caricatura política de estos tiempos, quien defiende la educación parece de izquierda y quien celebra el capital parece de derecha. En mi casa esas etiquetas nunca explicaron demasiado.
He recordado aquella historia ahora que Gustavo Petro dejó el poder y Abelardo de la Espriella asumió la Presidencia junto a José Manuel Restrepo. La prensa internacional ha descrito la transición como un giro brusco del primer gobierno de izquierda a uno de derecha dura. Reuters destaca las promesas de austeridad, seguridad y reactivación petrolera. Le Monde habla de ultraderecha. En Colombia, El Espectador presenta a Restrepo, economista y exministro de Hacienda, como una figura técnica central.
Las diferencias existen. La izquierda suele confiar más en el Estado para corregir desigualdades. La derecha, en la iniciativa privada, la inversión y el crecimiento. Pero ninguna de esas ideas incluye robar, y ninguna corriente posee el monopolio de la decencia.
El gobierno Petro deja avances sociales que sus seguidores defenderán y un escándalo como el de la UNGRD que no puede despacharse como persecución política. Hay exministros acusados y expresidentes del Senado y de la Cámara vinculados judicialmente. Eso no convierte en corrupto a todo el petrismo, pero impide fingir que la indignación fue inventada.
El nuevo gobierno tampoco puede llamar corrupción a toda decisión que no comparte. Su informe sobre la administración anterior mezcla posibles delitos, errores de gestión y diferencias ideológicas. Si De la Espriella y Restrepo quieren reconstruir la confianza, deberán separar las pruebas de los discursos y someter a sus funcionarios al mismo rigor que exigen para sus antecesores.
Un Estado grande puede repartir contratos entre amigos. Uno pequeño puede diseñar privatizaciones para esos mismos amigos. El corrupto se acomoda con facilidad a cualquier doctrina.
Quizás mi padre no necesitaba enfrentar estudio y trabajo como si fueran caminos opuestos. Ambos forman. La política comete el mismo error cuando nos obliga a escoger entre igualdad y crecimiento, entre inversión social y empresa privada.
Colombia necesita las dos cosas. Pero necesita, sobre todo, entender que una sociedad puede discutir cómo se produce la riqueza y cómo se reparte. Lo que nunca debería discutir es si está permitido robársela.