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Del sentimentalismo, el prejuicio y la economía

El centro de Bucaramanga funciona como un espacio donde la informalidad ofrece soluciones accesibles que la distancia y los prejuicios suelen invisibilizar.

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Del sentimentalismo, el prejuicio y la economía
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Salinger recoge una definición de R. H. Blyth que recuerdo cada vez que nuestras emociones pretenden explicar el mundo: somos sentimentales cuando le damos a algo más ternura de la que Dios le da. Esa ternura también se la dedicamos a nuestras convicciones, a las marcas que vestimos y a los lugares donde creemos que debemos comprar. Las cuidamos tanto que terminamos confundiéndolas con razones económicas. Hay quienes necesitan que una compra ratifique su posición social; otros, que confirme su conciencia de clase. lo que buscamos nos espera en una calle que descartamos antes de recorrerla.

Yo veo el centro de Bucaramanga como un gran clóset disponible para todos. Para quien tiene ingresos altos, sus precios son económicos; para quien vive con menos, son los justos. Y todavía queda espacio para el regateo. Los mercados de las pulgas tienen algo semejante: un objeto que dejó de servirle a alguien encuentra a quien todavía lo necesita. Siempre me ha interesado la economía espacial. En una investigación sobre Medellín que publiqué con Stefany Gallego y Gustavo García, encontramos que la informalidad laboral también dibuja las diferencias sociales de una ciudad. Pienso en esa geografía cuando escucho a alguien decir que no compraría en el centro, aunque allí encuentre exactamente lo que necesita. Y siempre me llama la atención cómo unas pocas cuadras concentran oficios, mercancías y soluciones que, dispersos por la ciudad, exigirían más tiempo y más dinero.

Recuerdo también Chungking Mansions, en Hong Kong, un complejo de comercios y alojamientos donde conviven restaurantes, tiendas de electrónica, peluquerías y pequeños negocios. Entre los hoteles y las vitrinas de lujo de sus alrededores, allí sigue funcionando una economía al alcance de otros bolsillos. La fama del lugar pesa más que lo que allí se ofrece. Basta llamarlo gueto para que muchos crean haber entendido todo lo que ocurre dentro. Algo parecido hacemos con nuestros centros: desde lejos vemos desorden; al acercarnos encontramos a alguien que sabe arreglar un pantalón, conseguir un repuesto o vender lo que en otra parte cuesta más del doble. La distancia también tiene sus prejuicios.

Mis amigos economistas saben que soy partidario de la informalidad. Conozco sus costos para la productividad, la protección del trabajador y las cuentas públicas. También reconozco el valor que genera quien encuentra cómo producir, reparar o vender algo que otro necesita. El producto importa; también la capacidad de ponerlo al alcance de un comprador. Además, quien trabaja informalmente igualmente paga impuestos cuando consume bienes y servicios gravados, aunque eso no sustituya sus demás obligaciones. Sin embargo, para muchos ciudadanos estudiados, informalidad e ilegalidad son palabras intercambiables. Unos ven explotación en cada puesto; otros, falta de calidad. Entre la compasión de unos y el desprecio de otros, el vendedor queda convertido en todo menos en alguien capaz de resolver una necesidad.

El otro día necesitaba mi traje y le pedí el favor a mi esposa que me lo enviara. Olvidó la correa y las medias. Salí a caminar por el centro de Bucaramanga y, antes de completar una cuadra, había conseguido ambas cosas por menos de treinta mil pesos. Buena calidad, buen diseño, un problema resuelto y un ingreso para quien se gana la vida con su trabajo. El vendedor tenía lo que yo buscaba y yo estaba dispuesto a pagar lo que pedía. Más tarde, con el traje completo, entré al lugar al que debía ir. La correa y las medias estuvieron a la altura. Nadie preguntó de dónde venían.