Cuando nada parece ocurrir
La calma no es vacío: permite ver lo que la prisa y el ruido mantienen oculto.
La calma no es vacío: permite ver lo que la prisa y el ruido mantienen oculto.
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Por: Edgar Julián Muñoz González
Hay temporadas en las que la vida pasa en neutro. Sin tragedias y sin triunfos. Los días se parecen entre sí; uno mira hacia adelante, hacia atrás y a los lados, y todo permanece inmóvil. Entonces se siente como perdiendo el tiempo.
Nos hemos acostumbrado a medir la existencia por la velocidad. Avanzar significa cambiar de trabajo, comenzar un proyecto, viajar. Pero hay épocas donde los acontecimientos cumplen con la función de bajar el ruido. Simplemente nos dejan a solas con lo que somos cuando no tenemos que correr.
Tolstói entendió esos intervalos. En Guerra y paz, mientras los ejércitos de Napoleón avanzan, la narración se detiene en cenas, bailes, amores inciertos, fraternidades y prejuicios sociales. Los personajes conversan, se equivocan, esperan. La guerra se aproxima, pero la vida continúa en habitaciones iluminadas, en bailes o en el silencio de una casa de campo.
Esos pasajes son la novela. Gracias a ellos comprendemos qué puede destruir la guerra. La paz, más que una idea grandiosa, es la suma de conversaciones, familias reunidas y la posibilidad de aburrirse sin miedo. Tolstói advierte que nadie puede vivir como si cada amanecer fuera la víspera de una batalla. Ni siquiera prepararse para tiempos difíciles consiste en mantenerse alerta. A veces es solo conocer la calma y saber qué vale la pena proteger.
Algo parecido ocurre en Robinson Crusoe. Después del naufragio viene el miedo y la necesidad. Crusoe aprende a construir un refugio, cultivar y llevar la cuenta de los días. La supervivencia lo vuelve ingenioso. Sin embargo, una vez resueltas las urgencias, lo imagino sentado frente al mar. Crusoe no podía imaginar que algún día aparecería viernes, pero esa pausa era valiosa porque le permitió habitar un presente que al comienzo solo quería vencer.
Durante la vuelta al mundo llegué a Koh Rong, una pequeña isla de Camboya. Colaboré en un eco-retreat donde solo había ocho horas de energía eléctrica: cinco de día y tres de noche. Una de mis tareas nocturnas consistía en ir al muelle a recibir las provisiones que llegaban en barco. El hielo era oro. Después debía apagar el generador y caminar cerca de un kilómetro hasta el bungalow donde nos hospedaban.
Al apagarse el motor, la oscuridad era completa. Quedaba el camino, el rumor del mar y los sonidos de una isla que no necesitaba electricidad para seguir despierta. Era una labor rutinaria y sencilla, pero la recuerdo como algo hermoso. En esas caminatas pensaba en asuntos que la prisa había mantenido aplazados. No llegué a conclusiones memorables. Simplemente tuve tiempo de escucharme.
Hasta una cobra apareció en la habitación, como para recordarme que la serenidad no equivale a la ausencia de peligro. Extraño esa quietud. No dependía de que todo estuviera bajo control, sino de aceptar lo contrario. La sola posibilidad de caminar de regreso, descalzo, sin otra urgencia que encontrar el sendero y evitar pisar un bicho raro, era una fortuna.
Pienso que la vida se mueve entre tres tiempos: la tristeza, la calma y la alegría. Ninguno permanece demasiado. Tampoco deseo que uno solo se imponga. Una felicidad ininterrumpida termina por volverse costumbre. Tanta dicha me parece escalofriante porque viviría temiendo el instante en que comience a disminuir. La tristeza nos recuerda el peso de lo perdido y, la calma, permite que una cosa no devore a la otra.
Cuando miro alrededor y siento que todo sigue igual, evito provocar una tormenta solo para comprobar que sigo vivo. Tal vez no estoy detenido. Tal vez atravieso una de esas páginas en las que Tolstói guarda las armas. Desde lejos, no ocurre nada. Pero en la oscuridad, mientras los ojos se acostumbran, comienza a verse lo que el ruido mantenía oculto.