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Opinión

De Halloween

Lácides Puertas es excluido de una fiesta de Halloween pese a tener dinero, por ir vestido como mendigo. La historia ironiza sobre la apariencia, la hipocresía y la discriminación.

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Lácides Puertas es excluido de una fiesta de Halloween pese a tener dinero, por ir vestido como mendigo. La historia ironiza sobre la apariencia, la hipocresía y la discriminación.

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A propósito de este día, al progenitor del «personificado» poeta frustrado Lácides Puertas se le ocurrió la brillante idea de invitarlo a un festín de disfraces para sorprenderlo con el brillo de la imaginación y magnitud de la fantasía. Lo llevó y lo dejó en un extraño y confuso bar desclasificado de la ciudad.

El gigante salón, decorado con murciélagos y calabazas e iluminado con colores que alternaban con la ruidosa orquesta estaba a reventar de gente: comediantes vestidos con todos los personajes que viven en la rutina de la vida, otros evocando la historia y algunas disfrazadas de futuristas personajes de ficción. Lo más atractivo de este lugar es que los burgueses vestidos de plebeyos se codeaban con los plebeyos disfrazados de burgueses: había héroes, piratas y hasta representantes santos de la Iglesia. El poeta Lácides se detuvo en la entrada del «antro» para observar al detalle cada disfraz y, de paso, preparar su sarcasmo ante semejante oportunidad de ver los rostros felices vestidos de rutina.

De Lácides podía esperarse cualquier cosa, porque él apenas está «asentando cimientos» de su personalidad, y esto le permite pecar por ignorante, ingenuo e iluso.

El salón, atestado de fantasía por las luces que alternaban con los compases de la orquesta y el espeso oxígeno de las nubes de humo aromatizadas de licor, lo intimidaba frente a semejante locura.

El poeta se dedicó a observar sin poder avanzar al festín porque la seguridad del antro le restringió el acceso, pero aprovechó esos momentos para analizar a su manera los trajes de gala y fantasía. Se encontró con presidentes, difuntos, profesionales y famosos personajes de la farándula, tan perfectos que, en su propia inocencia, hasta les pidió autógrafos.

—Qué extraños son estos humanos —dijo Lácides en voz alta mientras quedaba deslumbrado ante la lumbrera de los personajes que ingresaban al bar como si caminaran sobre la alfombra roja de Hollywood.

Pensaba Lácides, decepcionado, que ningún hipócrita pasó por la alfombra roja, pero tampoco entendía por qué el hombre que estaba disfrazado de vigilante le restringió el acceso, si él tenía dinero suficiente para derrochar en la fiesta de Halloween y su monedero también hacía parte del disfraz. Lácides fue tristemente ignorado por los felices burgueses; incluso, a una niña disfrazada de mesera le pidió una botellita de agua mientras sacudía el monedero y la bella joven lo ignoró, dejándolo al abandono del hombre disfrazado de portero.

A las tres de la mañana, aburrido tras la infructuosa noche de derroche de lujos, Lácides regresó muy decepcionado de la fiesta de Halloween, porque sus expectativas no fueron superadas ante la restricción del vigilante y la falta de solidaridad de los otros —también farsantes y faranduleros— disfrazados de poderosos e influyentes personajes.

«No culpes a nadie, Lácides», le dijo el creador de su personaje. «Varias veces te advertí que no usaras ese cotidiano traje de mendigo, porque un disfrazado de autoridad podría detenerte al ingresar a la fiesta de Halloween».