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Opinión

De la cerveza, el Nobel y el rebusque

El artículo conecta el Nobel de Economía con la importancia de entender las decisiones microeconómicas y las cuentas reales de los pequeños negocios e informales.

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El artículo conecta el Nobel de Economía con la importancia de entender las decisiones microeconómicas y las cuentas reales de los pequeños negocios e informales.

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Por Edgar Julián Muñoz González

Una vez, en Medellín, salimos a tomar cerveza con algunos compañeros de la maestría. Entre una cosa y otra, comenzaron a hablar de lo interesante que era la macroeconomía: el crecimiento, la inflación, las tasas de interés, esas conversaciones en las que uno puede arreglar un país antes de pedir la siguiente ronda. Les dije, con ánimo de molestarlos, que la macroeconomía servía para hablar paja en reuniones y mostrarse interesante. Que lo verdaderamente importante estaba en la microeconomía. Les señalé al señor que nos vendía las cervezas: cuánto le costaban, cuánto podía cobrarnos, cuántas debía vender para pagar el arriendo. Varios le huíamos a la micro por las matemáticas, porque, aceptémoslo, después de los 35 uno ya no quiere lidiar con ellas a semejante profundidad. Me incluyo. Pero, en la charla, me interesaban más las decisiones del tendero. Y como siempre pasa con los amigos más cercanos, me mandaron a callar.

Este año, Robert Hall y Michael Woodford recibieron el Nobel de Economía por desarrollar fundamentos microeconómicos para explicar cómo estabilizar la economía. Dicho así parece asunto para tinto, pero tiene una explicación sencilla. Hall ayudó a entender cómo las expectativas sobre los ingresos futuros influyen en lo que consumimos: una familia que teme perder su empleo puede aplazar la compra de una nevera, aunque hoy tenga con qué pagarla. Woodford explicó cómo las tasas de interés y lo que esperamos que hagan las autoridades afectan nuestras decisiones. Si un comerciante cree que endeudarse seguirá siendo costoso o que sus ventas van a caer, puede abandonar una inversión. Miles de decisiones como esas terminan moviendo el empleo, la producción y los precios.

Por supuesto, el premio no significa que aquella noche yo hubiera resuelto la discusión entre polas. Sus trabajos muestran precisamente cuánto necesita la macroeconomía entender las decisiones individuales. Pero sí me hicieron recordar otra diferencia que tuve con ellos y los profesores: la informalidad. He defendido en estas columnas que, para muchas personas, constituye una solución imperfecta a la necesidad de conseguir con qué vivir. El vendedor de tintos necesita vender hoy para comer hoy. Puede entender perfectamente las ventajas de cotizar a pensión y, aun así, no tener cómo hacerlo. Antes de explicarle lo conveniente que fuese ingresar a la formalidad, habría que mirar cuánto le queda después de comprar el café, el azúcar y los vasos.

La conexión que encuentro con los premiados está ahí, aunque ellos no hayan recibido el Nobel por estudiar el rebusque. Las personas toman decisiones con los recursos, las restricciones y las expectativas que tienen. Si queremos que un pequeño negocio se formalice, debemos entender sus cuentas. ¿Puede asumir los costos? ¿Qué beneficios obtiene? ¿Tiene clientes suficientes para sostenerse? Exigir una inscripción es relativamente fácil. Conseguir que las ventas alcancen para pagar las obligaciones es bastante más difícil. Tampoco basta con señalar que un trabajador informal carece de protección.  Precisamente esa carencia obliga a preguntarnos qué oportunidades tiene y cómo podemos ampliarlas.

Me gustaría que más colombianos pudieran vivir de un empleo estable o de un negocio formal que les permitiera ahorrar y crecer. Mientras eso ocurre, hay familias que encuentran en la informalidad su sustento. Castigarlas sin ofrecerles una alternativa viable puede empeorar la situación que pretendemos corregir. Esa era mi inquietud durante la maestría y sigue siéndolo hoy cuando escribo sobre economía. He tratado de ayudar a algunos pequeños negocios con sus costos. Y una de las mayores dificultades está en que vender y tener efectivo en el bolsillo puede dar la impresión de estar ganando plata, aunque las cuentas digan otra cosa. Pero aquella noche, mientras nosotros discutíamos cómo funcionaba el mundo, aquel señor tenía un negocio que sostener. Hoy aquella tienda ya no existe. Hay otro negocio en su lugar. No sé por qué cerró, pero a mí me sigue interesando entender esas cuentas.