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Del arte, el capital y la lambonería

El arte no debe obedecer tribus políticas ni vivir de poses importadas; también necesita contexto económico y libertad creativa.

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Por: Edgar Julián Muñoz Gonzalez

Hay países que producen artistas, y hay países que producen disfraces de artistas. Colombia, muchas veces, pertenece al segundo grupo. Aquí todavía creemos que el arte huele a tabaco húmedo, a gabardina vieja y a vino barato servido en una mesa coja de café parisino. Como si para escribir una novela hubiera que parecer un personaje rechazado por Baudelaire. Como si el talento necesitara primero un sombrero extraño, una pipa y una tristeza cuidadosamente ensayada frente al espejo. Nos aprendimos de memoria la caricatura del bohemio francés.

La importamos sin entenderla. Porque la bohemia parisina nació en una Europa convulsionada, rica, industrializada, donde incluso los artistas que morían pobres dependían de una burguesía poderosa que compraba cuadros, financiaba revistas y sostenía teatros. Detrás de cada pintor maldito había banqueros, comerciantes, aristócratas y una economía funcionando.

Van Gogh no pintaba en el vacío ni con babas. Picasso no surgió de una cooperativa revolucionaria ni Matisse sobrevivía del aire. El arte europeo que tanto romantizamos fue posible gracias a sociedades capaces de generar riqueza suficiente para sostenerlo. Pero aquí preferimos copiar la pose antes que comprender el contexto. Uno ve ciertos círculos culturales en Colombia y pareciera que siguen atrapados en una sesión eterna de fotografías de Sergio Larraín en Londres: todos intentando parecer personajes de otra época, actuando con una melancolía importada y convencidos de que la miseria estética equivale automáticamente a profundidad intelectual.

Entonces aparece el fenómeno extraño de la obligación tácita de que el artista debe ser de izquierda. Como si la sensibilidad tuviera partido político y para escribir poesía hubiera que votar igual. Como si el alma necesitara de carnet ideológico. En Colombia, el artista conservador casi siempre debe esconderse. El que no tiene tatuajes ni colita de caballo. El hombre elegante es visto como superficial. Y el artista que defiende la economía de mercado termina tratado como un traidor a la causa bohemia.

Mientras tanto, muchos de esos mismos sectores viven de aquello que dicen despreciar: el capital, la empresa privada, el consumo, la estabilidad económica. Porque el arte necesita libertad, sí. Pero también necesita compradores. Necesita editoriales. Necesita teatros abiertos. Necesita galerías. Necesita gente con dinero disponible para consumir cultura. Hasta el músico más rebelde necesita que alguien pague la entrada. Por eso resulta tan absurdo ver sindicatos petroleros apoyando proyectos políticos que golpean precisamente la industria que les da trabajo. O movimientos culturales defendiendo modelos económicos que históricamente terminan destruyendo la clase media que compra libros, va al cine o llena conciertos.

Es una contradicción monumental que da risa. Y Colombia es especialista en convertir estereotipos en identidades completas. Aquí todavía hay quienes creen que verse destruido equivale a ser profundo. Que la bohemia consiste en parecer derrotado. Que el arte verdadero solo puede existir desde la rabia política. Pero el verdadero artista no debería obedecer tribus. Ni a la derecha. Ni a la izquierda. Ni a París. Ni a Petro. Ni al cliché. Porque el arte, cuando es auténtico, jamás nace de la obediencia. Nace precisamente de lo contrario.

¿Y qué sabe del arte quien pretende administrarlo ideológicamente? Porque el arte no tolera comisarios morales. Mucho menos de políticos que desprecian el mismo modelo económico que les permitió recorrer Europa, añorar Roma o romantizar cafés desde la comodidad del poder. Con esa lógica, bastaría caminar por Montmartre para convertirse en heredero de García Lorca, de Machado, Miguel Hernández o Ricardo Neftalí Reyes. Bajo ese mismo fetichismo, se nos olvida que ser colombianos no nos obliga a admirar a García Márquez ni a leer algunas de sus aburridas obras. Mucho menos a tener que lamberle por su existencia. Pero la cultura no se hereda por estética. Ni por discurso. Ni por votar parecido. El arte verdadero jamás ha obedecido uniformes y el indiscutible hombre libre es el que es ajeno a los estereotipos.  

ejmunozgonzalez@gmail.com