Del poder, la responsabilidad y las expectativas
El artículo destaca que Colombia requiere un gobierno que pase de los discursos a resultados concretos en seguridad, inversión y disciplina fiscal.
El artículo destaca que Colombia requiere un gobierno que pase de los discursos a resultados concretos en seguridad, inversión y disciplina fiscal.
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Un país no se arruina de golpe. Primero se acostumbra al anuncio, después al comité y luego al discurso. Más tarde al tuit y, al final, se acostumbra a que nadie responda. Colombia vivió demasiado tiempo dentro de esa costumbre. La política se volvió una fábrica de las palabras paz, cambio, justicia social, transición. Palabras capaces de recorrer el mundo en segundos, pero incapaces de tapar un hueco, entregar un medicamento, recuperar una carretera o ejecutar un presupuesto.
Por: Edgar Julián Muñoz González
Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo todavía no han gobernado y ya entendieron que todo comienza cuando se acepta la responsabilidad. Antes de asumir formalmente el poder emprendieron una agenda internacional para recomponer la relación con Estados Unidos e Israel, reunirse con empresarios e inversionistas y comenzar a reconstruir la confianza que Colombia necesita para atraer capital.
Puede discutirse el alcance de esos esfuerzos, pero no que decidieron empezar a trabajar antes del 7 de agosto. Y eso, en economía, importa más de lo que muchos creen.
Han hablado de equipos, prioridades económicas, seguridad, ajuste fiscal, inversión y confianza. Pero anunciar no es ejecutar. Preparar decretos no es gobernar.
Sin embargo, después de años de improvisación, con gente en su mayoría no apta para los cargos, con diplomas chimbos y esas vainas, ver a un Gobierno electo trabajando mientras el saliente todavía explica por qué casi nada fue culpa suya, produce mucho alivio y expectativa.
Petro ya es trago pasado. No vale la pena seguir mirando el desfile de funcionarios incompetentes, corruptos o poco preparados que confundieron la Presidencia con una cuenta de Twitter. La historia se encargará de separar las buenas intenciones de la torpeza. Ahora viene la aritmética.
Colombia necesita crecer más, controlar la inflación, recuperar la inversión y ordenar las cuentas públicas. También necesita seguridad. Sin ella no hay empresa, carretera, empleo ni propiedad que sobreviva. Pero la seguridad no puede limitarse a uniformes y operativos. El Ejército puede recuperar un municipio. Solo la justicia, la infraestructura, la educación y el trabajo pueden conservarlo.
Restrepo tendrá la tarea ingrata de convertir las promesas en una secuencia fiscal creíble. Bajar impuestos, aumentar el gasto social, construir cárceles, financiar infraestructura y reducir el déficit. Esto exige prioridades, recortes y decisiones impopulares.
David Ricardo explicó que los países prosperan cuando aprovechan sus ventajas comparativas. Colombia no debe renunciar al petróleo, al gas, a la minería ni al campo. Debe usarlos como punto de partida y sin remordimiento. Las grandes potencias son las que más contaminan. Petróleo para financiar infraestructura. Gas para bajar costos. Agricultura conectada con industria. Universidades relacionadas con empresas.
Y luego aparece Solow. Su modelo recuerda que acumular trabajadores y máquinas no basta. El crecimiento sostenido depende de productividad, tecnología, educación e instituciones. Cuatro años es poco para transformar un país, pero sí para cambiar su trayectoria. Alcanzan para dejar una ruta.
La comparación con Uribe será inevitable. Su Gobierno demostró que recuperar autoridad modifica el ánimo económico de un país. Pero De la Espriella deberá ir más lejos y combinar seguridad, productividad, disciplina fiscal y calidad institucional.
Ser el mejor Gobierno de la historia no depende de repetirlo en una plaza. Se mide en homicidios, empleo formal, inversión, aprendizaje, inflación y deuda. En ciudadanos que dejan de pedir favores políticos para recibir derechos. Y se mide, sobre todo, por lo que queda funcionando cuando se apagan los discursos oficiales.
Quizás De la Espriella y Restrepo sean impopulares. Tal vez el ajuste duela y no alcancen a recoger los frutos. No importa. Un buen Gobierno no siempre es el que alcanza los mangos más altos. A veces es el que planta el árbol o el que fortalece el tronco. Otras veces es apenas el par de hombros sobre el cual podrá subirse la siguiente generación. Eso también es gobernar.