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El arte contra el odio

El artículo sostiene que el arte enfrenta al odio al recordarnos nuestra humanidad compartida y suavizar certezas, rencores y divisiones.

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El arte contra el odio
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El artículo sostiene que el arte enfrenta al odio al recordarnos nuestra humanidad compartida y suavizar certezas, rencores y divisiones.

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Todos creemos ser buenos. El corrupto roba para asegurar el futuro de sus hijos. El guerrero mata por una causa. El político insulta convencido de que defiende la democracia. El empresario despide porque "no había otra opción". El revolucionario destruye para construir un mundo mejor. Nadie se levanta una mañana diciendo: hoy quiero convertirme en el villano de esta historia. Todos creemos ser buenos.

Quizás por eso la política se ha vuelto un diálogo de sordos. No porque existan demasiadas ideas, sino porque existen demasiadas certezas. Cada uno está convencido de haber encontrado el camino correcto y de que quien piensa distinto, además de estar equivocado, representa un peligro.

Y, sin embargo, ponga a dos enemigos frente a una buena canción. Llévelos a caminar por la Plaza Mayor de Real de Minas, en Bucaramanga. Después déjelos contemplar el Palacio Episcopal de Astorga, obra de Gaudí. Entrégueles Cien años de soledad. Permítales escuchar un vallenato de Diomedes Díaz mientras recuerdan un amor perdido. O simplemente obsérvelos detenerse frente a un edificio tan hermoso que, por unos segundos, olvidan mirar el teléfono.

Durante ese instante dejan de ser enemigos. Vuelven a ser humanos. Siempre me ha parecido que las grandes artes libran una batalla silenciosa contra los siete pecados capitales. La soberbia. La avaricia. La ira. La envidia. La gula. La lujuria. La pereza. La pelea es injusta porque los pecados tienen dinero. Tienen poder. Tienen ejércitos. Tienen redes sociales. Tienen campañas políticas. El arte apenas tiene un pincel. Un piano. Una pluma. Una guitarra. Una voz. Y, aun así, lleva siglos resistiendo.

Muchos consideran que Imagine, de John Lennon, es una ingenuidad. Una fantasía escrita por alguien que nunca entendió cómo funciona el mundo. Quizás sea cierto e imaginar un planeta sin guerras, sin fronteras o sin religiones sea imposible. ¿Qué pasaría si dejáramos de matarnos por orgullo? ¿Qué ocurriría si la vanidad dejara de gobernar nuestras decisiones? ¿Si el odio dejara de dictar nuestras palabras? ¿Si la venganza dejara de disfrazarse de justicia? Tal vez la canción pretendía desnudar el mundo más que explicarlo. Porque el problema nunca ha sido la política. El problema siempre ha sido el alma.

Por eso es que funciona Diomedes y Juan Gabriel. No porque resuelva conflictos internacionales ni porque escribiera tratados de filosofía. Funciona porque, cuando cantan sobre el amor, la pérdida o el arrepentimiento, uno descubre que el sufrimiento propio ya había sido vivido por alguien más. Sin importar inclinaciones sexuales y esas vainas. Que la tristeza tiene memoria. Que el desamor tiene melodía. Que el dolor compartido pesa menos. Eso también salva.

Puede que no salve gobiernos malos como el actual. O economías destruidas. Pero salva personas. Y esa es la misión secreta del arte desde que un ser humano dibujó el primer bisonte sobre la pared de una cueva: recordarnos que, antes de ser liberales o conservadores, de izquierda o de derecha, creyentes o ateos, ricos o pobres, fuimos simplemente hombres y mujeres tratando de entender por qué duele tanto vivir y por qué, a pesar de todo, vale la pena seguir haciéndolo.

Desconfío de quien jamás se ha conmovido con una canción, una novela, una pintura o una escultura. No porque eso lo convierta en una mala persona, sino porque nunca ha permitido que alguien más habite, aunque sea por un momento, dentro de su propia alma. El arte no elimina los pecados. Los enfrenta.

Y aunque casi siempre parezca perder la batalla, de vez en cuando consigue que un hombre, o mujer, llenos de odio, bajen la voz para escuchar una canción. De pronto el cielo va a terminar siendo mucho más pequeño de lo que imaginamos y llegar hasta él sea infinitamente más difícil de lo que estamos dispuestos a admitir.

Pero mientras existan una guitarra, un poema, una orquesta, un cuadro o una buena historia capaces de hacernos sentir compasión por un desconocido, todavía habrá razones para creer que el alma humana no está definitivamente perdida.