Del romántico papel a la inteligencia artificial y viceversa
El texto contrasta el valor sensorial y humano del libro en papel frente a la lectura digital y la IA, defendiendo la experiencia de leer, tocar y conservar libros físicos.
El texto contrasta el valor sensorial y humano del libro en papel frente a la lectura digital y la IA, defendiendo la experiencia de leer, tocar y conservar libros físicos.
Los puntos clave serán generados automáticamente por IA y revisados por la redacción de El Frente.
El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
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El afán por resolver lo inconcluso es una carrera contra el tiempo, un eterno presente que no me quita la mirada. Los papeles abundan; hojas sueltas vuelan y caen sobre archivos supuestamente muertos que siguen vivos, sin identidad. No recuerdo qué de obsoleto o vigente contienen sus carpetas sin membretes: eso es un misterio. El voluminoso mamotreto cubre una larga mesa. La biblioteca luce a medio organizar: libros sin abrir están a la espera de que comience su lectura; otros, abiertos de par en par, con marcapáginas, esperan a que termine de leerlos. Los entrepaños no alcanzan, andan muchos por doquier reclamando un nicho: un digno anaquel donde reposar.
—¡Oh Dios!… Señor… ¡Cuánto descuido con quienes acompañan mis desdichas y alegrías sin condición!
Amaneciendo entro al estudio y, meditabundo, contemplo el desorden donde (absurdo) siempre encuentro lo que busco en su lugar. Ya espabilado, me escurro y voy saliendo con sigilo, mirando de reojo el barullo de los libros que, al unísono, no dejan de pedirme compasión:
—¡Clemencia! Por lo menos sacúdenos el polvo, no seas desalmado, ven y corre nuestra carátula, revisa aquí adentro y viaja con nosotros.
En la biblioteca algunas obras duermen plácidas en anaqueles bajo techo, mientras las apiladas, chicas y grandes, dormitan apretadas.
—¡Caramba! Pero si son ustedes parte de mi ser… no hay que temer, siempre estarán conmigo, «hasta que leve anclas para jamás volver, cuando discurran vientos ineluctables…». Me iré como en la canción de Barba Jacob… ¡así será!
Congraciado, les sonrío y, desviando la mirada, pienso y musito para mí: «¿Y qué hay de nuestra querida humanidad, cuando hoy quiere saberlo todo al instante, en esta era de la inmediatez? ¿Y qué de aquellos que creen tener cautivas a vuestras majestades en el internet? En ese universo maravilloso y embrujador donde todo se encuentra y donde todo se sabe: el universo que parece Alejandría en tiempos de Alejandro y la dinastía Tolomeica, cuando se buscaba sabiduría en miles de papiros… ¡qué ilusión!… ¡qué fantasía!… Cómo creen tener los libros cautivos si estos permanecen presos junto a la inmensa información amasada por las manos poderosas de los dueños de los emporios tecnológicos…».
—Mis amigos de papel, debo confesarles algo que me tiene atragantado. Comienzo por contarles que, en mis planes de viajar por el camino de las letras, tuve que iniciar la búsqueda de algunos de su especie rastreándolos en vastas librerías, en centros literarios, en mercadillos, en ventas callejeras y encargándolos a ratones de biblioteca; con todo y eso, no fue posible conseguirlos. Entonces… no hubo remedio, y perdónenme, mis queridos libros de papel —sé que no les va a gustar—, pero me vi obligado a navegar explorándolos en el ciberespacio; pero que conste… eh… no suelo hacerlo. Lo paradójico, mis amigos de papel, es que al rato de hallar a sus parientes, mi alegría no fue completa ya que, al «tenerlos» de frente en la pantalla, me invadió una incómoda extrañeza al no poder palparlos y cargarlos libremente. Luego comprendí que andaban en las nubes… «como cuando de chico pensaba que podría traer para mí las luminosas estrellas desde el cielo y mi abuela se encargó de hacerme comprender lo imposible de alcanzarlas»; algo así fue el sinsabor al no tentar sus hojas y, de paso, conocer la calidad del papel con que fueron impresos… al no tocar y sentir sus portadas y tampoco… al no encontrar con facilidad las páginas de derechos de autor con las menciones de edición. ¡No poder sostenerlos en las manos es frustrante! «Pero, ¡qué falta de costumbre la suya cuando hoy el saber se encuentra en los móviles!», me dirá la gente.
Pues sí, mis queridos libros de papel, por si ustedes no lo saben, existen unos aparatitos poderosos que se usan para todo y por todos; estos viajan livianos en cualquier bolsillo… faltaría que sean usados por las tiernas mascotas que ya en estos días tienen microchips metidos en su piel. Es muy probable que dentro de poco lo consiga la Inteligencia Artificial, la famosa IA que pretende reemplazar la inteligencia humana y que para ello se alimenta vorazmente de nosotros, como una aspiradora: de ustedes los libros de papel, de las bibliotecas, los periódicos y de todo lo que encuentra en su camino para ser más poderosa. Lo conseguirá, mis amigos… «darle móviles a los perritos y gatitos»… ya no será algo increíble. Lo que nunca jamás podrá tener la Inteligencia Artificial es conciencia, sentimientos y valores morales, como nosotros. He ahí la gran diferencia.
«Es una realidad: la vida atada a los frenéticos avances tecnológicos. ¿Y, entonces, cuándo regresará la gente a las bibliotecas en búsqueda de los libros? ¿Será que alguna vez se percatarán los dependientes de las pantallas de la abismal diferencia que hay entre leer un libro en los portátiles, tabletas y el mismo móvil, con el placer de leerlo en el papel? ¿Seguirán acaso privándose del goce de la serenidad… de leerlos concentrados a sus anchas donde les plazca… del orgullo de transitar con ellos bajo el brazo y de quitarles el polvo como ahora lo hago con los míos?».
—He salido de este soliloquio para decirles lo último: en verdad, son entrañables para mí; correré sus portadas y seguiré viajando en su universo de papel y tinta por los senderos de la aventura, del amor, los sueños, la literatura, la historia, la filosofía. Por ese infinito mundo del saber. Gracias por estar conmigo, mis amados libros de papel.
P.D. Por estos días los expertos investigadores Jacob Coxon y Joe Beton, al servicio de la IA, salieron despavoridos de Anthropic y OpenAI (renunciaron) para dar a entender que, si no se le pone freno —ya no a la IA, sino a la SIA—, esta última, sin control, podría oprimir el peligroso botón del artefacto «que sabemos» y, ahí sí, se acabaría este mundo, supuestamente desaparecería la humanidad antes de 10 años. Qué tal el chistecito…
(Este artículo fue redactado por el autor sin la ayuda de la IA).