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Opinión

El cuerpo de las mujeres

El artículo afirma que el cuerpo, especialmente el de las mujeres, no debe ser objetivado: forma parte de la identidad personal y exige respeto, dignidad y consideración.

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El artículo afirma que el cuerpo, especialmente el de las mujeres, no debe ser objetivado: forma parte de la identidad personal y exige respeto, dignidad y consideración.

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Bien dice Francesc Torralba i Roselló que el cuerpo no es solo un instrumento de comunicación, expresión o desplazamiento, sino un elemento constitutivo de identidad personal y por eso, su sola mirada instrumental es reduccionista. El cuerpo humano tiene integridad y dignidad y no puede ser utilizado como un objeto al servicio de fines deleznables.

La corporeidad en su consideración positiva y su lugar preponderante en la construcción de la identidad personal es una tesis contemporánea. Anteriormente existía olvido y menosprecio por el tema y quizá esto dio origen a las diversas y malévolas maneras de objetivizar el cuerpo, sobre todo el de las mujeres. “El cuerpo humano se refiere siempre a un yo y el yo se refiere siempre a un cuerpo” decía Torralba i Roselló.

Desde el punto de vista de la ética, el trato de la corporalidad ajena implica respeto, consideración y delicadeza, puesto que para cada quién la percepción de su corporalidad es individual, insustituible, unitaria y expresiva. Aceptar la condición humana y su corporalidad constituye un reto y un desafío para nuestro convulsionado tiempo caracterizado por la falta de valores y la cultura patriarcal, en donde la obsesión por el sexo, la eterna juventud, las apariencias y el cuerpo de las mujeres, se imponen. Por tanto, es necesario tener en cuenta la historicidad del ser, su biografía, su dedicación laboral, su modo de vida, sus penurias y sufrimientos y cada una de sus experiencias, de lo que somos y lo que se ha vivido, amado y palpado, para así contribuir al cambio de la cultura de objetivizar y manipular el cuerpo.

A través de la historia del mundo, el cuerpo de las mujeres se ha utilizado como instrumento y campo de guerra de conflictos políticos y sociales. La violencia sexual contra la corporeidad femenina ha sido un arma de humillación a los hombres, un territorio para rubricar victorias, un instrumento de control social, terror, limpieza étnica, control reproductivo y botín de guerra. En Colombia hemos vivido innumerables ejemplos de estas violencias verbales, digitales y simbólicas contra las mujeres. Somos testigos cotidianos de la preponderancia de la apariencia, la forma de vestir, la edad, el peso, la raza de las mujeres, por sobre su persona, su trabajo, su capacidad intelectual, su valía, su honorabilidad y su competencia.

Pretender que las mujeres son útiles solo para la función de esposas y madres y cumplir con ciertos estándares de belleza impuestos por la cultura, es a todas luces un atropello contra su humanidad y su ser como personas. Respetar a las mujeres es la actitud más digna de sus congéneres humanos porque al hacerlo se respetan a sí mismos. Cuando alguien irrespeta a otro se degrada a sí mismo.

*Martha Lucía Flórez de Jaimes E-mail: fundparticipar@yahoo.es