El negocio no está mal: quizá está mal administrado
Muchas empresas no fracasan por el mercado, sino por mala administración, desorden contable y decisiones sin rigor.
Muchas empresas no fracasan por el mercado, sino por mala administración, desorden contable y decisiones sin rigor.
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Por: Carmen Cecilia Orejarena Prada
Cuando los números rojos aparecen en los estados financieros, la primera reacción del empresario es buscar un culpable externo. Culpa a la inflación, al crédito caro o a la incertidumbre del mercado. Sin embargo, desde la perspectiva de la contabilidad forense y el análisis de inversiones, la revisión suele mostrar una verdad incómoda. El producto se vende y el mercado existe, pero la gestión interna es un desastre por negligencia. El negocio no está mal. Está muy mal administrado.
Existe una brecha peligrosa entre ser un creador intuitivo y ser un administrador estricto. Para el inversionista que evalúa el riesgo de un proyecto, el entusiasmo no cuenta como un factor de valoración. Los factores que sí importan son el cumplimiento de los estándares legales, la eficiencia en el uso del capital y la certeza en la operación.
Según la Ley 222 de 1995 y las reglas de la Superintendencia de Sociedades, el administrador debe actuar con la diligencia de un «buen hombre de negocios». Esto quiere decir que debe tomar decisiones con profesionalismo, usando información clara y anticipándose para manejar los riesgos del entorno. Administrar no consiste en revisar la cuenta bancaria por la mañana para ver si alcanza para cubrir la nómina.
Administrar exige llevar la contabilidad al día, registrando cronológicamente y con soportes fidedignos las operaciones, para permitir una lectura real de los estados financieros de propósito general. Cuando un directivo confunde el flujo de caja con la rentabilidad, omite la depreciación de sus activos o ignora su punto de equilibrio, no está «innovando». Está vulnerando sus deberes legales y arriesgando el patrimonio de los socios. Desde el punto de vista contable y legal, la falta de rigor no es un simple descuido.
La ley deja claro que los administradores tienen una responsabilidad solidaria e ilimitada cuando, por dolo o culpa, causan daños a la sociedad, a los socios o a terceros. Presentar o aprobar propuestas para repartir utilidades sin balances confiables o sin cubrir pérdidas previas es una falta grave que pone en riesgo directo el patrimonio personal de quien dirige. Además, el desorden operativo a menudo esconde problemas graves de gobierno corporativo.
Administrar significa proteger la reserva comercial, evitar conflictos de interés, garantizar que los socios puedan inspeccionar, y presentar un informe de gestión claro sobre la situación económica y legal de la empresa. Mezclar dinero personal con las finanzas de la empresa o usar la falta de transparencia para tapar la ineficiencia operativa no solo aleja a posibles inversores. También pone en riesgo la viabilidad de la compañía. Aceptar que el problema puede estar en la propia gestión requiere una honestidad profesional básica. Es mucho más fácil culpar a la economía que revisar los procesos internos.
Pero las empresas no suelen quebrar en el mercado. Quiebran mucho antes en los escritorios de quienes las dirigen. Si en su organización hay ventas, pero no hay liquidez, o si las decisiones se toman por intuición y no con base en información contable confiable, es momento de hacer una pausa. Antes de declarar el fracaso de su modelo de negocio, pregúntese con seriedad: ¿su empresa realmente fue rechazada por los clientes, o se ahogó por su propia falta de disciplina administrativa?