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El poder de elegir también tiene un precio

Elegir implica asumir consecuencias; no decidir también es una decisión con costo.

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Por: Carmen Cecilia Orejarena*

Nos pasamos buena parte de la vida esperando tener opciones. Queremos oportunidades, caminos abiertos, posibilidades distintas. Pero pocas veces nos detenemos a pensar en lo que realmente significa elegir.

Porque elegir no es solamente decir “quiero esto”. Elegir también significa decir “no” a otras posibilidades y, sobre todo, aceptar las consecuencias de aquello que decidimos. Entonces vale la pena preguntarnos: ¿realmente estamos eligiendo o simplemente estamos dejando que las circunstancias elijan por nosotros?

Hay decisiones que aplazamos durante meses, incluso años. Sabemos que debemos cambiar, pero esperamos que algo suceda para hacerlo. Sabemos que un negocio ya no funciona como antes, pero seguimos haciendo lo mismo. Sabemos que necesitamos aprender, delegar, invertir o poner límites, pero encontramos una razón para esperar.

Y mientras esperamos, algo sigue decidiendo por nosotros: el miedo, la costumbre, la comodidad o las circunstancias. Decimos “no tengo opción”, cuando quizá lo que realmente queremos decir es: “no quiero asumir el precio de elegir”.

Porque toda elección tiene un precio. Elegir emprender puede significar renunciar a la seguridad de un salario. Elegir crecer puede exigir aprender aquello que todavía no sabemos. Elegir poner límites puede incomodar a quienes estaban acostumbrados a nuestra disponibilidad. Elegir cerrar un ciclo puede doler, aunque sepamos que permanecer también duele. ¿Será entonces que muchas veces no nos falta claridad para decidir, sino valentía para asumir lo que viene después?

También ocurre en las empresas. Los números pueden estar diciendo que algo no funciona, pero el empresario decide no mirar. Una cifra puede advertir que los costos están creciendo, que la rentabilidad está cayendo o que vender más no necesariamente significa ganar más. La información está ahí. La decisión también. Lo difícil es hacerse cargo de ella.

Por eso, decidir no debería ser un acto impulsivo. Decidir implica observar, preguntar, entender, evaluar y asumir. Pero tampoco podemos convertir el análisis en una excusa para no actuar. Porque esperar indefinidamente por el momento perfecto también tiene consecuencias.

Quizá la pregunta no sea solamente: ¿qué quiero elegir? Tal vez deberíamos preguntarnos: ¿qué estoy dispuesto a asumir por esa elección?

Porque queremos libertad para elegir, pero no siempre queremos responsabilidad sobre lo elegido. Queremos resultados diferentes, pero seguimos tomando las mismas decisiones. Queremos que nuestra vida cambie, mientras esperamos que cambien las circunstancias. Y aquí aparece una verdad incómoda: no decidir también es decidir.

Cada día que permanecemos donde ya sabemos que no queremos estar, estamos eligiendo permanecer. Cada oportunidad que dejamos pasar por miedo, estamos eligiendo no intentarlo. Cada número que ignoramos en una empresa también es una decisión, aunque pretendamos que no lo sea. Elegir es un poder. Pero el verdadero poder no está solamente en tener alternativas; está en reconocer que somos responsables de escoger una.

Entonces, antes de preguntarnos qué queremos para nuestra vida, nuestro negocio o nuestro futuro, quizá deberíamos preguntarnos algo más profundo: ¿Qué decisión estamos evitando tomar y cuánto nos está costando no tomarla?

Porque elegir tiene un precio. Pero quizá el precio de no hacerlo sea mucho más alto.

*Educadora empresarial