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Estadísticas dicen que Día sin Carro sí pero mejor preparado

El Día sin Carro mostró beneficios ambientales y de movilidad, pero también evidenció pérdidas en el comercio y fallas de planeación, control y transporte alternativo.

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El Día sin Carro y sin Moto no puede convertirse en una estampita de buena conciencia ambiental mientras a comerciantes y ciudadanos se les deja la factura completa de una política pública mal afinada.

Bucaramanga y su Área Metropolitana probaron que reducir vehículos transforma la ciudad, pero también que prohibir no basta. Una jornada eficiente para la movilidad no puede considerarse exitosa si el costo económico golpea a miles de negocios, si el control resulta desigual y si el transporte público no ofrece garantías de movilizar a tantas personas que no pueden sacar sus vehículos.

La cifra más incómoda no está en el número de bicicletas que aparecieron ni en los trayectos más rápidos. Está en el 78,2 por ciento de empresarios que reportó menores ventas y en el 63,6 por ciento que calificó negativamente la medida para su actividad.

Otras estadísticas señalan mejores números en temas ambientales, en circulación de peatones, velocidad en llegar a los sitios requeridos y hasta el poder tener un rato más a la hora del almuerzo para estirar las piernas.

Aquí podemos decir  que, según las estadísticas, que es viable la jornada del Día sin Carro sí pero mejor preparado. El menor ruido, los desplazamientos más ágiles y la percepción de un aire más limpio demuestran que la restricción tiene efectos concretos.

El problema no es la existencia de la medida. El problema es una planeación que todavía luce incompleta. Noventa y dos comparendos y 73 vehículos inmovilizados muestran que hubo autoridad, pero las motocicletas y el transporte informal que persistieron en sectores del norte revelan una grieta evidente en el control total de la ciudad.

No se puede exigir obediencia al ciudadano mientras existen zonas con oferta insuficiente de transporte público y controles que los ciudadanos perciben como débiles y tienen que recurrir a lo que les ofrezcan para suplir esas falencias.

Tampoco puede repetirse una jornada que limite la circulación sin garantizar alternativas claras para quienes viven de ella. La falta de ciclorrutas temporales, los controles escasos en sectores críticos y la insuficiente orientación institucional no son detalles menores. Son protuberantes fallas de diseño, por descuido o por improvisación.

La Administración, el Área Metropolitana y los organismos de tránsito deben responder con datos, no con discursos triunfalistas. Deben esgrimir excepciones razonables, reforzar rutas, ampliar controles y medir resultados antes, durante y después.

El Día sin Carro puede ser una herramienta legítima. Lo que no puede ser es un ritual de improvisación que premia la foto oficial. Si Bucaramanga quiere una política ambiental seria, debe demostrar que puede reducir la congestión sin estrangular el comercio, proteger el ambiente sin abandonar al ciudadano y hacer cumplir la norma sin selectividades, de lo contrario, cada jornada será una fuente de inconformidad, improvisación y desgaste institucional.