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Gobernar la Provincia, honrar la República

El texto respalda gobernar desde los territorios, pero cuestiona cambiar la sede de la posesión presidencial por considerar que debilita la sobriedad institucional.

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Por Silvia Estupiñán Godoy / EL FRENTE

Desde el fervor luchador de nuestros territorios, donde el país real transcurre ajeno al apoteosis del traslado de la Corte Suprema con viva esperanza, el desplante de una nueva era. La propuesta de la reconstrucción de la “patria milagro” que enarbola el presidente electo Abelardo de la Espriella no es solo un lema sugestivo; es una urgencia histórica que rescata el orgullo, la seguridad y el mérito institucional. Las designaciones ministeriales, las instituciones concebidas hasta el momento confirman esa convicción: nombres de indiscutible idoneidad y rigor técnico que auguran un Gobierno dispuesto a ejecutar con firmeza y sin ambigüedades.

Como provinciana que ha padecido el olvido secular de las decisiones del centro tomadas a 2.640 metros “más cerca de las estrellas” que de los bogotanos apiñados sin reserva la determinación de gobernar desde los territorios. Descender del poder, trasladar la presencia efectiva del Estado a donde de verdad se construye la patria, entre campos, ríos y puertos, es un acto de justicia territorial. Que la periferia sea centro de la agenda pública constituye un acierto inaplazable.

Sin embargo, el afán institucional no exige ceremonias desproporcionadas. La prudencia reivindica que un matiz constructivo conviene señalar con franqueza: las ideas y venidas logísticas sobre la sede de la posesión presidencial. La idea original de trasladar el acto protocolario al departamento del Cauca y, simultáneamente, la decisión de regresar a Cali no pasa de ser un gesto innecesario, un traspié organizativo que resta claridad al propósito.

Gobernar para las regiones se demuestra con decisiones, presupuesto, seguridad integral e inversión en las arterias del país, no con un despliegue itinerante para un acto republicano cuya solemnidad demanda moderación, estabilidad y una logística a la medida del despliegue de seguridad.

La reflexión de fondo no es meramente procedimental; toca las fibras mismas de nuestro orden constitucional. Romper con la tradición secular de la posesión presidencial en el Salón Elíptico del Congreso de la República y en la histórica Plaza de Bolívar entraña un riesgo simbólico innecesario. El respeto a las formas republicanas y a la liturgia del poder civil y a la majestuosa sede de la transmisión de mando ante la representación popular no es arcaísmo: es la salvaguarda de la sobriedad democrática frente a la tentación de la estridencia mediática. A mi juicio, es precisamente este primer acto republicano el que debe proyectar la visión de tranquilidad que el presidente electo está obligado a ofrecer; una señal inequívoca de serenidad para los mercados globales y los gobiernos del mundo que estarán presentes o seguirán cada instante de este acto protocolario a través de los medios de comunicación y las redes sociales.

Nuestra historia republicana imprime una memoria viva. Hace un poco más de tres décadas, el país fue testigo desgarrado de transmisiones de mando marcadas por la sombra ominosa de la violencia política y el asedio implacable de los grupos armados ilegales. Más cerca en el tiempo, el año 2002, la primera posesión del expresidente Álvaro Uribe Vélez estuvo trágicamente enmarcada por un aborrecible y cobarde atentado con explosivos de las extintas FARC, perpetrado contra la Casa de Nariño mientras el jefe de Estado recibía el mando presidencial.

Vale aclarar que esta reflexión no nace de sesgo ideológico ni de ánimo de contradicción. Procede de una convicción serena: la institucionalidad no requiere gestos grandilocuentes para afirmar su autoridad. La República se fortalece cuando el poder civil honra sus escenarios, preserva sus símbolos y transmite confianza a los ciudadanos y al mundo.

El presidente electo Abelardo de la Espriella cuenta con la legitimidad de las urnas y el respaldo fervoroso de una amplia mayoría de colombianos. Ese respaldo exige también la responsabilidad de recordar que el vigor de las formas fortalece el fondo. Quien empiece la “patria milagro”, sí, pero con la sobriedad, el decoro y el respeto por las tradiciones republicanas que exigen la grandeza de la nación.