Hotel de estrellas
Sinrastro, un hombre expulsado por todos, vive y sobrevive en la calle como símbolo de desamparo, miseria y resistencia.
Sinrastro, un hombre expulsado por todos, vive y sobrevive en la calle como símbolo de desamparo, miseria y resistencia.
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Al hombre lo echaron de la calle, de todas partes, incluso, donde encontraba un andén confortable hasta la misma calle lo corría. Era rechazado como si existiera una repulsión magnética. Este hombre, llamado por sus controvertidos amigos como «Sinrastro», cansado de recorrer las calles después de ser expulsado por sus hermanos a los nueve años de vida, ya tenía la experiencia suficiente para defenderse de los depredadores de la niñez, el hambre y el peligro, al que consideraba su único aliado.
Su infancia fue una maestría gracias al peligro y a la intemperie, quienes hicieron de Sinrastro un grandioso ser humano, un hombre tan bueno que ni siquiera verdadero nombre y apellidos tenía. Él, tenía el currículum perfecto para ser un hombre de la calle: miseria, hambre y desamparo; su presencia despertaba incomodidad por su rostro feliz en los antros y templos que frecuentaba con su alma.
En la calle, su mundo, existe una historia que ha perdurado siempre y que nadie sostiene. Durante el día, mendiga monedas a cambio de su envidiada sonrisa angelical y grata, aunque se desconoce el origen de ella. Él solo sonríe y la gente se contagia; nadie conoce el paradero de sus finanzas porque tampoco lo han visto comprando en las tiendas. Dicen por ahí que tiene una fortuna incalculable, pero tampoco han podido establecer su patrimonio… ¡ni la Dian!
Se desconoce su edad y cuánto ha vivido de la calle, aunque dicen que siempre. Sostienen que su portátil cambuche es una caja de lavadora donde duerme de noche y que abandona con su cuerpo adentro durante el día porque «su alma se desencofra de la carne», para recorrer el tour de su propia imaginación y que allí, además, se encuentra con otros personajes que resultan de las alucinaciones de otros hombres de su mismo territorio. Sinrastro puede sostenerse en el territorio de olores nauseabundos y alucinantes, vivir de las monedas que jamás gasta de los samaritanos sin manifestar fragilidad bajo el rasgado traje untado literalmente del color de la miseria. ¡Así creció, pero nadie sabe dónde le cae la noche!
Este hombre de la calle solo recoge monedas durante el día como un fantasma, y en la noche descansa en su «estuche», la caja de cartón de una reconocida marca de lavadoras.
Dicen las malas lenguas que varias veces lo han considerado un NN y que supuestamente con guantes blancos lo han «levantado» como cadáver, pero la temperatura de su cuerpo nunca ha bajado de 35 °C en los enfriadores de la morgue, donde tampoco existe un registro dactiloscópico ante la reincidencia de sus muertes o vidas.
Nadie lo ha visto comiendo ni consumiendo y, aunque nunca se cambia su ropa harapienta, aún sin bañarse y, por su huella olfativa, su aroma es a limonaria.
Sinrastro dice que su padre, la calle, es un hotel donde las vidas entran y salen sin registro. Unos regresan felices al infierno y otros salen a buscarlo; Unos huyen de él mientras otros caen involuntariamente.