Incendios forestales: apagar el fuego no es recuperar el territorio
Tras un incendio, el daño no termina: suelo, agua y biodiversidad pueden quedar afectados y requieren evaluación para decidir si basta la regeneración natural o si hace falta restauración.
Tras un incendio, el daño no termina: suelo, agua y biodiversidad pueden quedar afectados y requieren evaluación para decidir si basta la regeneración natural o si hace falta restauración.
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Por: PhD. Angie Tatiana Ortega Ramírez*

Los incendios de cobertura vegetal han dejado de ser episodios aislados para convertirse en un desafío ambiental y territorial que exige una respuesta más allá de la emergencia. Las alertas recientes muestran la magnitud del problema: el IDEAM reportó el 21 de septiembre 312 municipios con algún nivel de alerta por amenaza de incendios, de los cuales 91 estaban en alerta roja. La región Andina concentraba buena parte de estas alertas.
En Tolima, la dimensión de la emergencia también ha aumentado rápidamente. Cortolima reportó el 22 de agosto 22.319 hectáreas de cobertura vegetal afectadas en 28 municipios; cuatro días después, un nuevo balance elevó la cifra a 31.046 hectáreas. Ortega, Armero-Guayabal, San Luis, Guamo y Coyaima se encontraban entre los municipios con mayores afectaciones.
En Boyacá, el incendio iniciado el 19 de septiembre en Villa de Leyva dejó una afectación preliminar cercana a 1.200 hectáreas, de las cuales unas 715 correspondían al Santuario de Fauna y Flora Iguaque, según la UNGRD. Las condiciones del terreno dificultaron las labores de control en las zonas de mayor altitud.
Pero estas cifras plantean una pregunta que suele quedar relegada frente a la urgencia de apagar el fuego: ¿Qué ocurre con el territorio después del incendio?
Durante un incendio están en riesgo las personas, viviendas, cultivos e infraestructura, pero también procesos ecológicos menos visibles. La pérdida de cobertura vegetal puede afectar los hábitats, modificar las propiedades del suelo, favorecer la erosión y alterar la regulación y calidad del agua.
El problema puede hacerse más evidente cuando regresan las lluvias. Un suelo que ha perdido su cobertura queda más expuesto a la escorrentía y al arrastre de sedimentos hacia quebradas y ríos. Dependiendo de la intensidad del incendio y de las características del ecosistema, la capacidad de regeneración natural también puede verse comprometida.
Por eso, cuando un incendio ocurre en un ecosistema estratégico como Iguaque, la afectación no puede medirse únicamente en hectáreas quemadas. También están en juego biodiversidad, suelo, regulación hídrica, conectividad ecológica y servicios ecosistémicos.
Además, estos impactos no necesariamente se quedan en el municipio donde ocurre la emergencia. Los ecosistemas andinos están conectados y la pérdida acumulada de cobertura vegetal puede afectar territorios que dependen de ellos para regular el agua, conservar suelos y sostener biodiversidad.
No todo incendio tiene la misma causa
El contexto climático también forma parte de esta discusión. El IDEAM mantiene sistemas de alerta que consideran variables como precipitación acumulada y temperaturas máximas para estimar la amenaza de incendios.
Sin embargo, las condiciones climáticas favorables para la propagación no permiten atribuir automáticamente el origen de cada incendio al clima. Determinar sus causas requiere investigación.
Esta distinción es fundamental: gestionar el riesgo asociado a las condiciones climáticas y establecer las causas de cada incendio son tareas complementarias, no excluyentes.
La segunda emergencia
Una vez controladas las llamas comienza una segunda etapa que requiere tanta planificación como la respuesta inicial: evaluar el daño y decidir cómo recuperar el territorio.
No todos los ecosistemas ni todas las áreas quemadas necesitan la misma intervención. Es necesario determinar la severidad del incendio, evaluar la capacidad de regeneración natural y establecer los impactos sobre suelo, agua, biodiversidad y comunidades.
En algunos lugares, permitir y acompañar la regeneración natural puede ser suficiente. En otros será necesario intervenir para controlar procesos de degradación, recuperar coberturas o restablecer determinadas funciones ecológicas.
Aquí aparece una diferencia que resulta clave para la discusión pública: reforestar no es necesariamente restaurar.
Plantar árboles puede ser pertinente en determinados sectores, pero la restauración ecológica busca recuperar, en la medida de lo posible, las estructuras, composiciones y funciones del ecosistema. Esto exige diagnóstico, intervención diferenciada y seguimiento en el tiempo.
De apagar incendios a recuperar territorios
Colombia necesita fortalecer una visión integral del manejo del fuego que articule prevención, gestión del riesgo, conocimiento científico, cambio climático y conocimiento local.
La respuesta no puede concentrarse únicamente en la capacidad de apagar las llamas. También debe preguntarse qué factores favorecieron el incendio, qué daños produjo, qué capacidad tiene el ecosistema para recuperarse y qué medidas permitirán reducir el riesgo de nuevos eventos.
El desafío no termina con el último foco apagado. Ahí comienza una etapa que exige ciencia, planificación territorial, recursos y seguimiento.
Porque cuando el fuego desaparece, el territorio permanece con las consecuencias. Y la diferencia entre una cicatriz ambiental permanente y un ecosistema capaz de recuperarse dependerá, en buena medida, de lo que hagamos después de la emergencia.
*Docente de Ingeniería Ambiental de la Universidad de América