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Opinión

La mezquindad de tener la razón

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Por: Rodrigo González Márquez* “…pero yo creo que cada vez que muere alguien uno inevitablemente piensa…no me hubiera costado nada ser más bueno. Sin embargo, uno no lo ha sido; uno ha insistido en tener razón, lo cual es una mezquindad. Uno debe tratar de no tener razón”. Así sentenciaba el gran Borges, ese bonaerense que trascendió las fronteras

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Por: Rodrigo González Márquez*

“…pero yo creo que cada vez que muere alguien uno inevitablemente piensa…no me hubiera costado nada ser más bueno. Sin embargo, uno no lo ha sido; uno ha insistido en tener razón, lo cual es una mezquindad. Uno debe tratar de no tener razón”. Así sentenciaba el gran Borges, ese bonaerense que trascendió las fronteras del tiempo y la geografía literaria, la necedad humana de atrincherarse en posiciones en el contexto de la discusión. Una discusión de vencedores y vencidos, de reyes y mancillados, de verdugos y guillotinados, que desgasta lo verdaderamente valioso: la vida y su fugacidad.

 

¿Cuánto tiempo gastamos en simulaciones de juicios buscando demostrar una superioridad técnica, ética, moral, o banal? Ante alguna frase que nos incomoda, o algún post que se aleje de nuestras convicciones, la reacción se convierte en la regla sagrada. Pocas veces dedicamos tiempo para la reflexión o la empatía para intentar comprender al emisor. Las armas se enfundan, y el grito o el pulgar veloz asumen el rol de jueces implacables para avasallar al ahora “rival”.

 

Al final, una de las partes se abraza a sí misma en las mieles de la victoria mientras que el derrotado inicia la recolección de nuevas municiones para el próximo encuentro: un juego de suma cero en su mejor versión. A su manera, Borges nos confiesa la inutilidad del ejercicio, la crueldad que engendra el querer demostrar superioridad. Estaría bien conformarnos con reconocer que pensamos distinto, sin que ello implique renunciar a nuestras convicciones; pero raya en la mezquindad emprender una lucha por someter a otro, por aplastar su ego, por achicar su dignidad. Ese ímpetu por encontrar argumentos debería encaminarse a cambiar las realidades de quienes la suerte les ha sido esquiva, por ejemplo, y no a la dialéctica temeraria, a la dicción fatal. Las capacidades para debatir tienen un deber de servicio que trasciende la satisfacción del ego.

 

No es necesario esperar a que alguien muera para recordar lo bueno que ha sido. Tampoco para detenernos a razonar sobre lo irracional de buscar la razón, porque nada de irracional tiene dicha apuesta. Lo que aleja de la virtud al ejercicio es el afán de subirse a un podio a vociferar el haber derrotado al imaginario rival. En últimas es posible tener la razón y ganar, y sin embargo haber perdido algo más valioso: construir una relación, entendernos, o simplemente reconocer al otro. ¿Qué tal si pudiésemos mirar los resultados de todas nuestras discusiones? ¿Cuál sería el alcance de nuestros esfuerzos por humillar, vencer o someter a otro? Esa verdad revelada tal vez permita comprobar que el Aleph sí existió, y Borges no escribió un cuento, apenas nos narró una experiencia para dejarnos el legado de reconocer nuestra humanidad compartida.

 

* Docente y Consultor en Resolución de conflictos, paz y Derechos Humanos

X: @rodrygonzalezma