La parabólica
Aprender a escuchar e interpretar con calma protege la paz interior frente a palabras tóxicas y malintencionadas.
Aprender a escuchar e interpretar con calma protege la paz interior frente a palabras tóxicas y malintencionadas.
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Por andar instalando el oído en las conversaciones ajenas, el reconocido y frustrado poeta Lácides Puertas se llevó otra sorpresa en su literaria existencia. El poeta, más que chismoso, es curioso, y esta práctica es una de sus características, pues sostiene que aprender a escuchar le ha enseñado a hablar. Insiste Lácides en que la comunicación es el eje de toda relación y por eso intenta escuchar únicamente lo que le conviene para cuidar su paz.
Aburrido, apenas con unas monedas en el bolsillo que le alcanzaban para un tinto “aguao”, Lácides tomó asiento en una de sus cafeterías de confianza y encendió la “antena” de sus oídos para interceptar una que otra conversación, convencido de obtener algún beneficio de conocimiento; para esto tenía que escuchar lo que pasara, sin filtros, de modo que pudiera procesar la información.
Además de escuchar sobre líos de faldas, política, una que otra decepción amorosa y filosofía, Lácides solo le paró bolas a los lamentos, hasta que justamente un sismo de mediana magnitud desestabilizó sus antenas y, sin inmutarse, solo se rio cuando se percató de que varias personas aprovecharon el sacudón del piso para huir de las cuentas del café. «En Colombia pasa de todo y nada pasa, todo se vuelve memes», asintió mientras expiraba el humo del único cigarrillo que le quedaba hasta incinerarlo.
A medida que Lácides interceptaba las conversaciones de los tinteros, fue descubriendo que muchas de ellas eran en clave, y como su costumbre es analizar cuidadosamente la intención y el contenido de cada versión, decidió dejar en manos de la interpretación cada trama y drama que escuchaba. ¿Interpretación? ¡Brillante! «Uf… de cuántas peloteras se librarían los humanos si aprendieran a interpretar cada mensaje que se mueve entre los oídos de las personas, incluso hasta los insultos», dijo el poeta en medio de la serenidad que regresó minutos después de la estampida telúrica en la ciudad.
De verdad, a veces —o con mucha frecuencia—, la lanza de comentarios al aire que sacude al mismo planeta como si nada pasara y, para más pesares, la interpretación insuficiente de los oídos inoportunos que asumen cualquier comentario como ofensivo, cierto y tergiversado —sin argumentos y sin necesidad de considerarlos chismes— terminan convertidos en armas peligrosas. El ejercicio que Lácides está practicando en la rutina de sus tintos es aprender a escuchar y filtrar lo que le incomoda, ya que él no puede hacerse responsable de lo que escucha, pero la sabiduría le ha enseñado a interpretar a su máxima placidez para no dejarse afectar por tanta toxicidad en las palabras de la gente.
Aunque Lácides es un personaje imaginario según su creador, el poeta Puertas, meticuloso, le ha parado bolas a ese cuento de construir paz gracias a la filosofía de la calle y, para bien o para mal, esto le ha facilitado su existencia en este océano de gente capaz de producir maremotos con tan solo pronunciar una palabra malintencionada.
Aprender a escuchar e interpretar es un maravilloso ejercicio que conduce a la paz.