La transfusión
Un plomero sobrevive a una descarga eléctrica gracias a una transfusión inesperada; después, su mente cambia y empieza a hablar de literatura y sabiduría.
Un plomero sobrevive a una descarga eléctrica gracias a una transfusión inesperada; después, su mente cambia y empieza a hablar de literatura y sabiduría.
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Un paciente llegó a urgencias del hospital del pueblo casi moribundo, en deplorable estado, inconsciente, deshidratado; su mirada parpadeaba lenta y desorbitada, desconocía su procedencia y tampoco reconocía el nombre de las cosas ni las utilidades. Sus frágiles signos vitales apenas insinuaban que su vida hacía parte de la otra.
Por: Claudio Valdivieso
El hombre, un plomero de cincuenta años aproximadamente, llegó al hospital después de ser encontrado desvanecido, casi sentado en el piso frente a la caja de tacos eléctricos de su casa. Afortunadamente la puerta principal estaba entreabierta y esto les permitió ingresar. En sus manos encontraron un alicate soldado entre los cables por un cortocircuito como único testimonio de los hechos... ¡el chispero tuvo que ser espantoso!, dijo uno de los socorristas.
Según los paramédicos, fue rescatado gracias al llamado de auxilio de la vecina, su amor eterno, quien lo extrañó porque llevaba varios días sin encender los bombillos en la oscuridad de las noches.
Por su estado anémico agudo, requería de una transfusión de sangre, y otra de fe por el milagro que nadie explica cómo sucedió… ¡se salvó! ¿Cómo? Todo estaba en su contra, pues su casa estaba inundada por un fuerte aguacero y él estaba en el lugar equivocado haciendo lo incorrecto. ¡La perfecta torpeza!.
En el hospital, curiosamente, aparecieron voluntariamente de la nada tres hombres quienes con su sangre ofrecieron restaurar, para unos, al buen hombre y, para otros, ni siquiera su presencia tenía sentido.
La sangre resultó compatible para el hombre de las tuberías y, aunque poco escribía, su conocimiento era incompatible con su ligero analfabetismo. Uno de los donantes era un hombre aparentemente habitante de calle, vestía ropa deshilachada untada de fracaso en un “ilustre abandono”; su presencia advertía que era un verdadero sabio de los andenes. El otro hombre, el más alto, el que usaba la gorra inglesa, muy elegante, era un aparente poeta que fue asaltado por la informática y perdió todas sus obras literarias. Había un tercer donante, pero este fue rechazado por la toxicidad de su alma según los resultados de laboratorio.
Por maniobrar con su alto conocimiento de plomería y el poco que tenía sobre la corriente, su vida lo llevó a golpear las puertas de la muerte, aunque ella se resistió y no le abrió. «Nada, ¡aquí no entra! Regrese a su trabajo», dijo la muerte, y el milagro se consumó.
Gracias a los donantes el plomero se recuperó; el milagro terminó por extenderse, cuando sucedió algo inexplicable para él, para la ciencia y los asuntos de fe. Días después de su hospitalización, el plomero, casi al borde del analfabetismo, resultó hablando de literatura y sabiduría; se convirtió en un hombre romántico y continuó desatorando grifos y reparando humedades; su mente fue iluminada por la chispa eléctrica que recibió. ¡Eureka!
De los donantes, aunque se desconoció su procedencia, solo quedó el testimonio de un milagro que combinó la iliquidez y la riqueza con sabiduría para mostrar la diferencia entre la pobreza y la miseria.