Los rostros del odio
Resumen
Un robo puede alimentar prejuicios, pero no justifica el odio colectivo ni convertir a grupos enteros en culpables.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)Me encontraba asistiendo a la OTC, uno de los encuentros más importantes de la industria energética y petrolera del mundo. Houston, acostumbrada al vértigo corporativo del petróleo y al movimiento constante de ejecutivos extranjeros, transmite la sensación de ciudad organizada y funcional que muchos latinoamericanos asociamos inconscientemente con seguridad. Quizá por eso el episodio terminó dejándome una buena reflexión.
Bastaron pocos minutos para volver al carro y encontrar el vidrio roto. Se habían llevado el maletín. Afortunadamente, el computador y los pasaportes estaban en otro lugar, pero las tarjetas bancarias y varios objetos personales desaparecieron junto con la mochila. Mientras bloqueaba cuentas y llamaba al 911, recordé que años atrás me había ocurrido lo mismo en Medellín. Cambian las ciudades, los idiomas y el nivel de riqueza, pero la fragilidad humana sigue ahí.
Ninguna sociedad ha logrado erradicar completamente la posibilidad del daño. Estamos condenados a vivir alerta por el resto de nuestra existencia. Siempre pendientes de nuestras pertenencias. Eso es agotador. Crecimos idealizando ciudades extranjeras como espacios donde el crimen era una anomalía y luego uno descubre que también allá existen oportunistas, violentos y miserables. Pero la reflexión vino después del robo. Nunca vi a quien rompió el vidrio. No sé quién era. No conozco su historia, su nacionalidad, su color de piel ni sus razones. No tiene rostro para mí. Y precisamente ahí aparece uno de los mayores sesgos de las sociedades contemporáneas: cuando el responsable no tiene cara, comenzamos a inventarle una.
Entonces llegan las generalizaciones y el odio abstracto. La necesidad de convertir una mala experiencia en rechazo hacia “algo”: los inmigrantes, los pobres, los ricos, los negros, los latinos, los drogadictos, los extranjeros o cualquier categoría útil para canalizar la rabia. Es un mecanismo humano, lo entiendo, aunque peligroso si terminamos llenando el vacío con prejuicios. Hace un tiempo el presidente Gustavo Petro insinuó que quien roba lo hace impulsado por el amor y las injusticias sociales. No puedo compartir ni aceptar esa visión.
La pobreza jamás puede convertirse en absolución moral del delito. ¿Todos los guerrillos son pobres? ¿Todos los paracos son ricos? Millones de personas viven dificultades enormes sin destruir la tranquilidad ajena. Justificar el crimen como consecuencia romántica de la desigualdad es una forma mezquina de irrespetar a quienes deciden actuar correctamente. Pero tampoco comparto la idea de transformar cada delito en licencia para odiar indiscriminadamente. Ahí es donde las sociedades se degradan moralmente.
El problema, más allá del crimen, es lo que hacemos emocionalmente con él. El verdadero peligro comienza cuando el odio deja de ser concreto y se vuelve abstracto, porque termina alcanzando incluso a quienes nunca tuvieron relación con el daño original. Quizá por eso nunca me ha convencido la palabra “paz”. La paz suele proyectarse como la ausencia absoluta de conflicto, algo imposible de sostener entre millones de personas contradictorias. La tolerancia, en cambio, sí me parece una meta más real. Porque tolerar exige contener el impulso de fabricar enemigos colectivos. Exige resistir la tentación de ponerle un rostro imaginario al mal cuando no conocemos realmente al responsable.
Tal vez la verdadera tolerancia empieza precisamente en abstenernos de convertir una herida personal en condena contra quienes simplemente se parecen al culpable que nunca vimos. Deberíamos ser capaces de entender que no tenemos derecho a convertir una herida personal en odio contra una clase social entera. Porque ahí el miedo empieza a convertirnos en intolerantes. Y pocas cosas han causado más sufrimiento en la historia humana que los odios construidos a partir de enemigos inventados.
Pero bandido que se coja, que pague. Jamás caminaré con quienes justifican el crimen en nombre de la paz. Puedo entender a quienes buscan defensa incluso mediante la fuerza. Pero esta vez, en primera vuelta, prefiero la tolerancia firme que hoy representa Paloma Valencia.