Mujeres de Emilio Tapia y ‘Tirofijo’ son SENADORAS de la República
Resumen
Las comisiones accidentales del Senado y la Cámara deben escoger 10 elegibles entre 244 aspirantes a contralor general, en medio de polémica por dos congresistas con vínculos controversiales.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
Hacen parte de comisiones ‘legales’ para escoger nuevo Contralor General antes de terminar periodo legislativo
El próximo 17 de mayo, las comisiones accidentales de Senado y Cámara deben seleccionar a 10 elegibles de los 244 que aprobaron para aspirar a contralor general de la República. Estas comisiones están integradas por 19 senadores en representación de todos los partidos políticos, e igual número de representantes a la Cámara también de las diferentes colectividades. Entre los parlamentarios que darán el visto bueno para revisar las 244 hojas de vida y decantar a la decena de aspirantes finales para controlar los recursos públicos de Colombia, están dos congresistas controvertidas por sus antecedentes en el legislativo y personales.
El próximo 17 de mayo, las comisiones accidentales de Senado y Cámara deben seleccionar a 10 elegibles de los 244 que aprobaron para aspirar a contralor general de la República. Estas comisiones están integradas por 19 senadores en representación de todos los partidos políticos, e igual número de representantes a la Cámara también de las diferentes colectividades.
Entre los parlamentarios que darán el visto bueno para revisar las 244 hojas de vida y decantar a la decena de aspirantes finales para contralor los recursos públicos de Colombia, están dos congresistas controvertidas por sus antecedentes en el legislativo y personales. Son ellas, Saray Robayo, del partido de la U, pareja de Emilio Tapia del condenado por corrupción en el denominado carrusel de la contratación y el caso de Centros Poblados, donde se perdieron $70.000 millones y la posibilidad de que ciudadanos de escasos recursos accedieran al servicio de Internet en regiones alejadas, Emilio Tapia. La otra es Sandra Ramírez, expareja de Manuel Marulanda Vélez, “Tirofijo”, jefe de las Farc, senadora en representación del Partido Comunes. Una retrospectiva detallada evidencia las historias polémicas de Robayo y Ramírez.
Juntas y revueltas
Y es que en los pasillos del Capitolio Nacional conviven historias imposibles de separar de las heridas y escándalos más profundos de Colombia. Entre curules, debates y votaciones aparecen dos mujeres cuyas trayectorias políticas quedaron inevitablemente ligadas a dos hombres que representan capítulos distintos, pero igualmente oscuros, de la historia reciente del país: Emilio Tapia, símbolo de la corrupción estatal, y Manuel Marulanda Vélez, alias “Tirofijo”, fundador de las Farc. Saray Robayo y Sandra Ramírez pertenecen a mundos políticos opuestos. Una representa las estructuras tradicionales del Caribe político y llegó al Congreso de la mano del Partido de la U; la otra emergió desde la antigua guerrilla de las Farc y convirtió el acuerdo de paz en su plataforma política.
Sin embargo, ambas comparten una característica que ha marcado la manera en que buena parte del país las observa: sus vínculos sentimentales con hombres cuyos nombres todavía generan rechazo, debate y polarización. Saray Elena Robayo Bechara nació en Montería y creció en medio de una de las familias con mayor influencia política y académica de Córdoba. Nieta de Elías Bechara Zainúm, fundador de la Universidad del Sinú y de la Universidad de Córdoba, pertenece a un poderoso clan regional con conexiones políticas y empresariales. También es prima del gobernador de Córdoba, Erasmo Zuleta Bechara.
Abogada de la Universidad del Sinú y especialista en Derecho Constitucional, Robayo comenzó trabajando en cargos administrativos dentro de la misma institución educativa familiar antes de dar el salto a la política. En 2022 alcanzó una curul en la Cámara de Representantes por Córdoba con el Partido de la U. Dentro del Congreso ingresó a la Comisión Tercera, una de las más influyentes porque maneja asuntos económicos y presupuestales del país.
Pero su nombre tomó una dimensión nacional distinta cuando se confirmó su relación sentimental con Emilio Tapia, uno de los contratistas más cuestionados de Colombia. Tapia arrastra condenas relacionadas con el carrusel de la contratación en Bogotá y el escándalo de Centros Poblados, caso por el cual aceptó cargos tras el desvío de recursos destinados a llevar internet a zonas rurales del país. La relación permaneció en silencio durante meses hasta que comenzaron a circular versiones sobre visitas, encuentros y posteriormente el embarazo de la congresista. En abril de 2025 ella confirmó públicamente que Tapia era su pareja y padre de su hija.
La imagen generó controversia inmediata. Mientras Tapia permanecía privado de la libertad por corrupción, Robayo continuaba escalando posiciones políticas en el Congreso. Sectores críticos comenzaron a cuestionar si era éticamente compatible que una representante participara en la discusión de proyectos económicos mientras convivía con un contratista condenado dos veces por corrupción estatal.
Las polémicas crecieron cuando la Corte Suprema abrió una investigación preliminar contra Robayo por presunto tráfico de influencias relacionado con supuestas recomendaciones para cargos en la DIAN. Aunque no existe condena ni acusación formal, el caso incrementó la presión mediática alrededor de la representante.
El episodio más delicado llegó con las medidas de extinción de dominio contra bienes asociados al escándalo de Centros Poblados. Reportes judiciales señalaron que propiedades vinculadas a Robayo quedaron dentro del radar de la Fiscalía en operativos relacionados con Emilio Tapia y otros implicados.
La pareja de Tirofijo
reclutadora de menores
Mientras Saray Robayo representa el poder tradicional costeño mezclado con las sombras de la contratación pública, Sandra Ramírez encarna otra memoria del conflicto colombiano. Sandra Ramírez nació como Griselda Lobo Silva en Santander y se integró a las Farc en los años ochenta. Durante décadas vivió en la clandestinidad guerrillera hasta convertirse en una de las mujeres más cercanas a Manuel Marulanda Vélez, “Tirofijo”, fundador y máximo comandante de las Farc.
Durante cerca de 24 años fue compañera sentimental del jefe guerrillero. Quienes estuvieron en las Farc relatan que acompañó a Marulanda en los momentos más complejos de la guerra y estuvo junto a él hasta el día de su muerte en 2008, en la selva colombiana. Después del acuerdo de paz firmado en 2016 entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Farc, Sandra Ramírez dejó las armas y pasó a convertirse en una de las principales voceras políticas del nuevo partido surgido de la desmovilización guerrillera, hoy llamado Comunes.
En 2018 llegó al Senado gracias a las curules otorgadas por el acuerdo de paz y posteriormente ocupó la segunda vicepresidencia del Senado entre 2020 y 2021, convirtiéndose en una de las exintegrantes de las Farc con mayor visibilidad institucional. Desde el Congreso se ha concentrado en temas relacionados con la implementación del acuerdo de paz, derechos humanos, campesinado y reivindicaciones de género. También ha intentado proyectar una imagen distinta de la antigua insurgencia, reivindicando su pasado político y defendiendo el proceso de reincorporación.
Sin embargo, el peso simbólico de haber sido la compañera sentimental de “Tirofijo” nunca desapareció. Para sectores de derecha continúa siendo la representación política de una organización responsable de secuestros, reclutamiento de menores, atentados y asesinatos. Para sectores afines al proceso de paz, en cambio, representa la transición de la guerra hacia la política legal. Las controversias alrededor de Sandra Ramírez han sido frecuentes. Una de las más recientes ocurrió cuando defendió decisiones judiciales relacionadas con Álvaro Uribe y recibió fuertes críticas en redes sociales y escenarios políticos. También enfrentó cuestionamientos por producciones audiovisuales relacionadas con su vida dentro de las Farc.
En las elecciones de 2026, el partido Comunes sufrió un duro golpe electoral y no logró mantener el umbral suficiente para sostener representación significativa en el Congreso. Sandra Ramírez encabezó parte de ese esfuerzo político fallido. Aunque provienen de extremos ideológicos distintos, Saray Robayo y Sandra Ramírez terminan reflejando algo similar: la dificultad de separar la política colombiana de los hombres que marcaron la corrupción y la guerra. Una llegó al Congreso desde las élites regionales y terminó vinculada sentimentalmente a un contratista condenado por multimillonarios desfalcos.
La otra dejó la selva para ocupar una curul después de compartir gran parte de su vida con el comandante guerrillero más temido del país. Las dos cargan con una identidad política propia, pero ambas siguen siendo observadas a través del espejo de esos hombres. En Colombia, donde la memoria colectiva aún sangra por la corrupción y el conflicto armado, sus nombres no solo despiertan debate sobre ellas mismas, sino también sobre la capacidad del país para convivir con sus fantasmas. Lo más reciente de Saray Robayo fue junto a Emilio Tapia celebrando en el Festival de la Leyenda Vallenata en Valledupar.
Son ellas, Saray Robayo, del partido de la U, pareja de Emilio Tapia del condenado por corrupción en el denominado carrusel de la contratación y el caso de Centros Poblados, donde se perdieron $70.000 millones y la posibilidad de que ciudadanos de escasos recursos accedieran al servicio de Internet en regiones alejadas, Emilio Tapia. La otra es Sandra Ramírez, expareja de Manuel Marulanda Vélez, “Tirofijo”, jefe de las Farc, senadora en representación del Partido Comunes. Una retrospectiva detallada evidencia las historias polémicas de Robayo y Ramírez.
Amores tormentosos de Emilio Tapia
Y es que en los pasillos del Capitolio Nacional conviven historias imposibles de separar de las heridas y escándalos más profundos de Colombia. Entre curules, debates y votaciones aparecen dos mujeres cuyas trayectorias políticas quedaron inevitablemente ligadas a dos hombres que representan capítulos distintos, pero igualmente oscuros, de la historia reciente del país:
Emilio Tapia, símbolo de la corrupción estatal, y Manuel Marulanda Vélez, alias “Tirofijo”, fundador de las Farc. Saray Robayo y Sandra Ramírez pertenecen a mundos políticos opuestos. Una representa las estructuras tradicionales del Caribe político y llegó al Congreso de la mano del Partido de la U; la otra emergió desde la antigua guerrilla de las Farc y convirtió el acuerdo de paz en su plataforma política. Sin embargo, ambas comparten una característica que ha marcado la manera en que buena parte del país las observa: sus vínculos sentimentales con hombres cuyos nombres todavía generan rechazo, debate y polarización.
Saray Elena Robayo Bechara nació en Montería y creció en medio de una de las familias con mayor influencia política y académica de Córdoba. Nieta de Elías Bechara Zainúm, fundador de la Universidad del Sinú y de la Universidad de Córdoba, pertenece a un poderoso clan regional con conexiones políticas y empresariales. También es prima del gobernador de Córdoba, Erasmo Zuleta Bechara. Abogada de la Universidad del Sinú y especialista en Derecho Constitucional, Robayo comenzó trabajando en cargos administrativos dentro de la misma institución educativa familiar antes de dar el salto a la política. En 2022 alcanzó una curul en la Cámara de Representantes por Córdoba con el Partido de la U. Dentro del Congreso ingresó a la Comisión Tercera, una de las más influyentes porque maneja asuntos económicos y presupuestales del país.
Pero su nombre tomó una dimensión nacional distinta cuando se confirmó su relación sentimental con Emilio Tapia, uno de los contratistas más cuestionados de Colombia. Tapia arrastra condenas relacionadas con el carrusel de la contratación en Bogotá y el escándalo de Centros Poblados, caso por el cual aceptó cargos tras el desvío de recursos destinados a llevar internet a zonas rurales del país.
La relación permaneció en silencio durante meses hasta que comenzaron a circular versiones sobre visitas, encuentros y posteriormente el embarazo de la congresista. En abril de 2025 ella confirmó públicamente que Tapia era su pareja y padre de su hija. La imagen generó controversia inmediata. Mientras Tapia permanecía privado de la libertad por corrupción, Robayo continuaba escalando posiciones políticas en el Congreso. Sectores críticos comenzaron a cuestionar si era éticamente compatible que una representante participara en la discusión de proyectos económicos mientras convivía con un contratista condenado dos veces por corrupción estatal.
Las polémicas crecieron cuando la Corte Suprema abrió una investigación preliminar contra Robayo por presunto tráfico de influencias relacionado con supuestas recomendaciones para cargos en la DIAN. Aunque no existe condena ni acusación formal, el caso incrementó la presión mediática alrededor de la representante. El episodio más delicado llegó con las medidas de extinción de dominio contra bienes asociados al escándalo de Centros Poblados. Reportes judiciales señalaron que propiedades vinculadas a Robayo quedaron dentro del radar de la Fiscalía en operativos relacionados con Emilio Tapia y otros implicados.
La pareja de Tirofijo reclutadora de menores
Mientras Saray Robayo representa el poder tradicional costeño mezclado con las sombras de la contratación pública, Sandra Ramírez encarna otra memoria del conflicto colombiano. Sandra Ramírez nació como Griselda Lobo Silva en Santander y se integró a las Farc en los años ochenta. Durante décadas vivió en la clandestinidad guerrillera hasta convertirse en una de las mujeres más cercanas a Manuel Marulanda Vélez, “Tirofijo”, fundador y máximo comandante de las Farc.
Durante cerca de 24 años fue compañera sentimental del jefe guerrillero. Quienes estuvieron en las Farc relatan que acompañó a Marulanda en los momentos más complejos de la guerra y estuvo junto a él hasta el día de su muerte en 2008, en la selva colombiana. Después del acuerdo de paz firmado en 2016 entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Farc, Sandra Ramírez dejó las armas y pasó a convertirse en una de las principales voceras políticas del nuevo partido surgido de la desmovilización guerrillera, hoy llamado Comunes.
En 2018 llegó al Senado gracias a las curules otorgadas por el acuerdo de paz y posteriormente ocupó la segunda vicepresidencia del Senado entre 2020 y 2021, convirtiéndose en una de las exintegrantes de las Farc con mayor visibilidad institucional. Desde el Congreso se ha concentrado en temas relacionados con la implementación del acuerdo de paz, derechos humanos, campesinado y reivindicaciones de género. También ha intentado proyectar una imagen distinta de la antigua insurgencia, reivindicando su pasado político y defendiendo el proceso de reincorporación.
Sin embargo, el peso simbólico de haber sido la compañera sentimental de “Tirofijo” nunca desapareció. Para sectores de derecha continúa siendo la representación política de una organización responsable de secuestros, reclutamiento de menores, atentados y asesinatos. Para sectores afines al proceso de paz, en cambio, representa la transición de la guerra hacia la política legal. Las controversias alrededor de Sandra Ramírez han sido frecuentes. Una de las más recientes ocurrió cuando defendió decisiones judiciales relacionadas con Álvaro Uribe y recibió fuertes críticas en redes sociales y escenarios políticos. También enfrentó cuestionamientos por producciones audiovisuales relacionadas con su vida dentro de las Farc.
En las elecciones de 2026, el partido Comunes sufrió un duro golpe electoral y no logró mantener el umbral suficiente para sostener representación significativa en el Congreso. Sandra Ramírez encabezó parte de ese esfuerzo político fallido. Aunque provienen de extremos ideológicos distintos, Saray Robayo y Sandra Ramírez terminan reflejando algo similar: la dificultad de separar la política colombiana de los hombres que marcaron la corrupción y la guerra.
Una llegó al Congreso desde las élites regionales y terminó vinculada sentimentalmente a un contratista condenado por multimillonarios desfalcos. La otra dejó la selva para ocupar una curul después de compartir gran parte de su vida con el comandante guerrillero más temido del país. Las dos cargan con una identidad política propia, pero ambas siguen siendo observadas a través del espejo de esos hombres.
En Colombia, donde la memoria colectiva aún sangra por la corrupción y el conflicto armado, sus nombres no solo despiertan debate sobre ellas mismas, sino también sobre la capacidad del país para convivir con sus fantasmas. Lo más reciente de Saray Robayo fue junto a Emilio Tapia celebrando en el Festival de la Leyenda Vallenata en Valledupar. De Sandra Ramírez, tiene nuevos señalamientos de víctimas del conflicto que la señalan de ser reclutadora de menores para los jefes guerrilleros de las Farc. Ahora aparecen como parte del proceso para elegir al nuevo contralor general de la República.