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Que el próximo no nos encuentre igual

La reflexión central es prepararnos antes de un sismo: tener kit, ruta de evacuación y punto de encuentro, sin olvidar la solidaridad para ayudar a otros.

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La reflexión central es prepararnos antes de un sismo: tener kit, ruta de evacuación y punto de encuentro, sin olvidar la solidaridad para ayudar a otros.

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Sentir que la tierra se mueve siempre asusta. No importa cuántas veces nos hayan explicado qué hacer durante un temblor: cuando ocurre de verdad, lo primero que uno piensa es en los suyos.

No sabemos exactamente por dónde evacuar, no hemos acordado un punto de encuentro con nuestra familia y, seguramente, si hoy nos pidieran salir de casa en cinco minutos, no sabríamos muy bien qué llevar.

Me hice esas preguntas estos días. ¿Tenemos realmente listo un kit de emergencia? ¿Sabemos qué hacer si nuestros hijos están en un lugar y nosotros en otro? ¿Tenemos agua, linternas, un botiquín, baterías y documentos importantes a la mano? Son cosas sencillas que siempre creemos que podemos organizar después. Hasta que un día ese “después” puede ser demasiado tarde.

Tal vez no tengamos que esperar otra tragedia para organizarnos. Este fin de semana podemos sentarnos veinte minutos en familia, definir una ruta de evacuación, escoger un punto de encuentro, revisar qué hace falta en el kit de emergencia y explicarles a nuestros hijos qué deben hacer si alguna vez ocurre algo y no estamos juntos. Sin asustarlos. Simplemente preparándolos, con orden, con estructura.

Pero también podemos abrir el clóset. Porque prepararnos para una emergencia no consiste únicamente en pensar cómo salvarnos nosotros. También significa preguntarnos cómo podemos ayudar al que lo perdió todo. Donemos, por los canales seguros e institucionales, tantas cosas que, para quienes las necesitan, pueden significarlo todo en este momento.

Los desastres naturales también ponen en perspectiva nuestra relación con las cosas. Pasamos años acumulando, comprando, guardando y deseando. Basta que la tierra se mueva durante unos segundos para entender que, llegado el momento, saldríamos corriendo sin llevarnos prácticamente nada.

Nos llevaríamos una mano. La de nuestros hijos, la de nuestra pareja, la de nuestros padres. Buscaríamos a las personas, no a las cosas. Quizá ahí esté la reflexión que vale la pena conservar cuando deje de temblar y las noticias cambien de tema.

Que la prevención se vuelva una costumbre y no una reacción al miedo. Que aprendamos a ayudar antes de que nos pidan ayuda. Que tengamos preparada una mochila para proteger a nuestra familia, pero también una bolsa con aquello que puede servirle a otra. Y que la solidaridad no aparezca únicamente cuando las imágenes de una tragedia nos conmueven.

Porque la tierra, cuando se mueve, no distingue nombres, barrios, cuentas bancarias ni apellidos. Nos pone a todos exactamente en el mismo lugar: frente a la certeza de que somos vulnerables y de que, al final, nos necesitamos los unos a los otros.

Los terremotos nos recuerdan, de la manera más abrupta, que muchas de las cosas que creemos permanentes pueden cambiar en segundos. Por eso, después del susto, no deberíamos simplemente volver a la normalidad. Deberíamos volver un poco más preparados, un poco más conscientes y, sobre todo, mucho más solidarios.

Porque no podemos impedir que la tierra vuelva a moverse. Pero sí podemos decidir cómo nos encontrará cuando vuelva a hacerlo.