Retazos de vida
La vida enseña a perdonar, soltar y elegir a quién conservar en la memoria, distinguiendo entre una mala experiencia y un recuerdo que deja aprendizaje.
La vida enseña a perdonar, soltar y elegir a quién conservar en la memoria, distinguiendo entre una mala experiencia y un recuerdo que deja aprendizaje.
Los puntos clave serán generados automáticamente por IA y revisados por la redacción de El Frente.
El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
··········
········
Existen retazos de vida de personas que se adhieren a la nuestra, a la memoria y a los recuerdos con nostalgia, a la decepción; y podríamos decir también que, gracias a la exposición de sus acciones, revelan su escuela. Decir que la vida es una escuela es repetir lo evidente; es un dicho clásico que nos conecta desde los ancestros con las futuras generaciones, de modo que aprender de cada lección de vida es y será el pan nuestro de todos los días.
Así como aprendemos, incluso, a querer, la vida nos da lecciones de olvidar y continuar este trayecto en el que también perdonar, volver a perdonar y hacerlo de nuevo se convierte en un práctico ejercicio del que muy seguramente no podremos cansarnos. El problema no es perdonar, olvidar y listo; se trata de interpretar hasta dónde llegaremos con el perdón y el olvido para sentirnos bien, incluso con las personas que alguna vez en la vida se hicieron importantes y por lo mismo destrozaron la nuestra.
De los retazos de la vida de esas personitas inolvidables que ya cumplieron su misión terrenal y que nos enseñaron a quererlas, recordarlas y honrar su memoria, si tuviéramos la oportunidad de extraerlas de la eternidad por un instante y expresarles las palabras que nos atragantaron la garganta: ¿qué podríamos decirles?
El tema del aprendizaje es aparentemente fácil de interpretar, aunque practicarlo es un ejercicio que involucra muchas veces dolor, reflexión, impotencia, gratitud, satisfacción, paz, memoria y mucho cuidado para evitar reincidir en la misma lección sin conocer la diferencia entre un mal recuerdo y la experiencia. ¡Así es la escuela!
El abanico de los recuerdos nos ofrece la oportunidad de aprender y elegir a quién le concederemos nuestros brazos; así como existen personitas que recordamos con gratitud y nostalgia porque, al adherirse a nuestro destino, quedarán en el pasado como un recuerdo insuperable. Recordemos también, si lo merecen, a las personas que nos regalaron su distancia como recompensa.
Qué rico es caminar y encontrarse con alguien que nos agrade; ojalá que todos los días fuese con otro «alguien» diferente para compartir un café, estrecharle un abrazo y bla, bla, bla. También encontramos a esos bonitos seres humanos que tan solo en sus miradas transmiten la magnitud de su alma, y con los que ojalá pudiéramos sostener una conversación entre la voz de las pestañas. Lamentable o afortunadamente, también existen personas que trastornan la paz del alma por su mirada tóxica, resentida y envidiosa. Las hay… ¡y por montón!
Hay personas que sobran en el horizonte porque pusieron piedrecitas en el camino para que las pisáramos descalzos, e insisten en aparecer y desaparecer, convencidas y felices de que aquellas piedrecillas fueron semillas para florecer en los recuerdos que marchitaron prematuramente con sus acciones rastreras. ¡Esto es escuela!
Las personas pasan y los bonitos seres humanos componen nuestros recuerdos y quedan para siempre; las extrañamos, y muchas de ellas nos hacen falta para despertar, abrazarlas y recordarles cuánto las queremos. A ellos, ¡mil gracias!