Suscribirse Iniciar sesión
Portada / Opinión/ Sobre cerrado
Opinión

Sobre cerrado

Una madre parapléjica y su hija sostienen el hogar con amor y sacrificio hasta un final inesperado.

Únete a nuestro canal de WhatsApp Recibe lo más importante de El Frente al instante
Resumen con IA

Una madre parapléjica y su hija sostienen el hogar con amor y sacrificio hasta un final inesperado.

Próximamente

Los puntos clave serán generados automáticamente por IA y revisados por la redacción de El Frente.

Próximamente

El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.

Generado con IA · puede contener errores, verifícalo antes de compartir.
Línea del tiempo · IA
····

··········

····

········

Generado con IA · puede contener errores, verifícalo antes de compartir.

Por: Claudio Valdivieso

Elena regresó con su novio Libardo a casa, una humilde vivienda en la periferia de la ciudad. Faltaba un tanto para las nueve de la noche y le había prometido a su mamá que al terminar la jornada del salón de belleza le anticiparía el regalo de cumpleaños, dos días antes de la sorpresa que recibiría doña Tita con una velada; su familia y amigos, preparada por Elena con todo el amor del mundo y con un esfuerzo extrahumano.

La joven de veinte años de edad había redactado una carta muy especial para reiterarle cuánta gratitud y amor habían compartido juntas en medio de tantas dificultades. El manuscrito le daría la noticia de su embarazo, la fecha del matrimonio con Libardo, y orgullosa le dedicaría el certificado de cosmetología y estética.

Al ingresar a la casa, en el pasillo que une la habitación de Tita con la cocina y la sala, encontró a su mamá boca abajo, caída de su silla de ruedas. —¡Por Dios!, ¡mamá! —gritó Elena—. ¡Señor!, dame instrucciones para sobrevivir —gritaba, mientras Libardo en sus brazos alojó a Tita en su cama. Había perdido calidez, sus signos vitales se dispersaron aproximadamente una hora antes.

Tita, a los treinta años de edad, recibió en su columna una bala perdida que la dejó parapléjica durante una celebración de fin de año en el barrio. Ahí empezó la tragedia, pues Elena, tenía doce años y se entregó a cuidar a su mamá; maduró con lágrimas, impotencia y sin dinero. Al cumplir catorce años tomó la decisión de rebuscarse sin descuidar las atenciones de mamá, ya que tuvo que asumir los gastos de la casa porque las ayudas de la familia y de los amigos se cansaron de llegar. Elena, inocente, creía que lo único que tenía a la mano para defenderse y producir era su belleza. «Puta, pero no desgraciada», pensaba.

En su oficio conoció a Libardo, un joven hijo de una prestante familia quien fue expulsado de casa por su padre, por violentar los valores morales de la familia, al descubrirse que Libardo estaba enamorado de aquella joven, quien, para su infortunio, ella también había entregado sus “servicios de amor” al padre de su novio.

Libardo se fue a vivir como “inquilino” de la casa de Tita y compartía con Elena los quehaceres y los cuidados de su madre; él se convirtió en el auxiliar de las dos, entregó su vida a Elena. Ella inmediatamente abandonó su trabajo con el que costeaba los pañales, medicamentos, los gastos de la casa y el curso de belleza. Su amor creció en medio de mil batallas, enfrentaron derrotas y de ellas aprendieron a convertir la desventura en el arte de amarse. Cada uno aportaba más y más amor olvidando su procedencia, pero juntos crearon el hogar sagrado donde nació su pequeña hija.

La carta, sin salir del sobre, se fue en el féretro junto a la rosa blanca, la prueba de embarazo y el silencio de una desgracia que suplió mil más.