Un tintico, por favor
Lácides convierte las cafeterías en escuelas para leer la difamación y entender quién la dice, revelando que el chisme suele delatar más al difamador que a su víctima.
Lácides convierte las cafeterías en escuelas para leer la difamación y entender quién la dice, revelando que el chisme suele delatar más al difamador que a su víctima.
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Observar con atención objetiva las conversaciones de las mesas ajenas en las cafeterías del comercio, para Lácides, el poeta, es un portal que le concede el privilegio de ingresar gratis al conocimiento, al chisme y, sobre todo, a la sabiduría. En las mesas de tinto aprendió a elegir en materia lo que debe escuchar, ignorar, y a procesar la información para hacerse el pendejo cuando así lo quieren creer. Sostiene el poeta que a veces escuchar las barrabasadas de la gente no lo documenta, pero le enseña a evaluar la clase de idiota que tiene al frente, aparentemente cautivo de las sandeces que dice el interlocutor.
Lácides ha recorrido un extenso territorio de vida y circunstancias que por fin le enseñaron a contenerse, a custodiar el silencio y a escuchar sin atorarse; así entendió que es más peligrosa la persona que difama que la misma versión que pregona. Pero sucede algo que pasa inadvertido, y es que la versión del imbécil solo habla de la clase de persona que es quien replica la maldad y la difunde, pero no se percata de que la gente le está prestando más atención a la intención de sus acciones que a la versión.
Las cafeterías se han convertido en las mejores bibliotecas de Lácides; las considera parques de diversiones que le dan trabajo a su imaginación por todas las historias que observa en la voz de los supuestos héroes, quienes, para serlo, asumieron el rol de victimizarse. Lácides ha sido víctima y verdugo de varias historias de las que finalmente aprendió, por las buenas y por las malas, a escuchar sin intimidarse ni sorprenderse de la gente que creía íntegra. Lamentablemente, sostiene el poeta que muchas personas tienen un estante repleto de difamación para reparar, esculpir o degenerar la imagen de otras personas para así favorecer la suya; eso no es nuevo ni extraño. Lo que más sorprende es la sevicia de quienes aplauden y replican a toda voz la difamación y la injuria, y están atentos a proteger la identidad del difamador con la famosa frase: «No cuente que se lo dije…». ¡Así de fácil!
Las versiones disfrazadas de víctima suelen aparecer en todas las escenografías de la vida: en las sociedades, en el trabajo, en la política, en el amor, en el envidioso y hasta en las mismas familias, aunque duela decirlo (sonríe Lácides viendo un foto-álbum y tomando el último sorbo de café).
Sin hacer apología de la difamación, dice Lácides que, en el caso de perder el control de la lengua, vale la pena intentar adiestrar el oído para escuchar y ver simultáneamente la mirada de quienes difaman como si fuese un espejo. Sostiene que aprender a escuchar a los demás (sin reprocharles) es una buena opción para entender que, de la misma forma en que difaman a otro, tan pronto tengan la oportunidad de hacerlo con uno, lo harán, porque ya perdieron hasta la vergüenza. De los mitómanos, ¡ni hablar. No más masacres de dignidad.